miércoles, 27 de febrero de 2008

Aquí Radio Intercontinental, Madrí

Ha pasado tanto tiempo que parece que han desaparecido hasta los nombres de los recuerdos. Quedan las cosas con sus imágenes nítidas pero me fallan los nombres.
El objeto lo veo claro como el primer día que tomó posesión en su mesita sobre un pañito de color crudo ribeteado de encaje o ganchillo, con su geometría hipnótica de tablero de ajedrez; lleno, vacío.
Como un cajón enorme de madera vainilla y lacas en negro. Los dos cantos laterales redondeados; al frente, unas tablitas doradas que encuadraban dos espacios bien diferentes: a la izquierda, una tela de rejilla tejida en forma de rombos en color hueso
y a la derecha, como la esfera gigante de un reloj cuadrado.
El lado de nuestra izquierda mostraba una superficie textil con relieve y dos tonos que se obtenían por el artificio de la hilatura. Sería de un perlé fino, muy suave al tacto de mis manos de niño que adivinaban tras de aquel telón una oquedad circular como si de una plato de loza hondo se tratara. Luego supe que aquello era un altavoz de dimensiones considerables por el que salía toda la magia de la música y la palabra.
Bajo el cristal curvado, aquella esfera contenía: en todo el centro, las agujas color marfil a todas horas enfrentadas. Giraba aquel ingenio, sobrevolando rasante unos enormes números donde estaban las emisoras, obediente al efecto de un botón de baquelita negra del tamaño y forma de algún grifo de cocina.
Más abajo, tenía otra agujita de color rojo que viajaba misteriosamente por una carretera en arco, el radarik (fascinante nombre) que afinaba las frecuencias, accionado por el único botón , central, más pequeño y de cilíndrica forma, con la superficie rayada para facilitar su manejo y para que no resbalara, porque andaba un poco duro ya de nuevo. Veíase su efecto en un ojo mágico (que así se llamaba) de color verde que cuando estaba centrada la emisora su aspecto era como el ojo de un gato a la luz del sol y cuando la frecuencia llegaba débil temblaba, y se extendía y se replegaba sin sosiego, como el ojo de un gato a la luz inquieta de un candil. Entonces mi padre, que en paz descanse, intentaba con el radarik centrar y afinar, a golpe de botón con incierto beneficio.
Sobre la peana y bajo los cuadros el juego de botones: uno para cambiar de onda, otro para el volumen, otro para graves y agudos que junto al primero descrito completaban dos pares más el central en perfecto equilibrio.
En todo el pueblo de Zafrilla no existía otro aparato de radio, ni mejor ni peor, que no había otro y allí en el comedor de nuestra casa se juntaban los hombres a trasnochar algunas noches de aquellos inviernos; y fumaban y liaban y fumaban escuchando lo que fuera que yo desde mi dormitorio solo percibía el olor del tabaco y la voz de mi padre entresacada de las otras que no me decían nada. Así dormía bastantes noches, con algún sobresalto cuando en un clarear de las ondas sobre todo el barullo se oía: "Aquí Radio Intercontinental: Madrí"
Sin embargo la marca se me desdibuja; aunque podría jurar que es un Inter.

© GatoFénix

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