martes, 12 de febrero de 2008

En memoria de mi padre.

A veces vienen recuerdos y
quedas prendido en ellos,
apenas respirando.

Primero creí
que los duendes del “pom-pom”
se habían tomado el día libre.

Al poco, cuando se empezó a enfriar la cara de mi padre,
y supe
que no volverían.

Entonces, los duendes de las células
se fueron poco a poco,
hasta quedar sin nadie.
Tu cara se llenó de ausencia
y aumentó el aire en la estancia.

No estaba yo siquiera,
más de lo que ahora estoy,
en aquel trance de entonces.

La cosa iba rápida, sin embargo
parecían fotogramas de recuerdos,
deslizándose por el tamiz del agua.

De la mano: el misterio y la evidencia.
Juntos: inequívocamente separados.

No volvería a ser igual
el tiempo ni la gente
desde que sobrevino el hecho
de mi padre muerto.

Me dejó la infancia
de cuerpo presente.
Y mis ojos velados
apenas distinguían
la imagen solapada
del presente incierto y el pasado difuso.
Del pasado cierto y el difuso presente.
Tal como la confusión de un beso.

Posé mi mano sobre su pecho.
Algo había cierto:
Los duendes del “pom-pom”
se habían ido para siempre.
Una almendra amarga durmió mi boca
y la saliva quemó mi esófago.
Escupí en el pañuelo y lo estrujé con fuerza.
Entonces lo supe.
El fruto de árbol de la ciencia
del Paraíso…
para mi que no era un manzano.

© GatoFénix

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