sábado, 24 de enero de 2009

Nos quedamos plasmados

No creí tener nada mas que perder
si lo perdí todo, porque ya no queda
ni el pensamiento.

Jugamos con el recuerdo,
que no es pensamiento, y nos revela
imágenes que viene del origen.

No tenemos razón,
razón de ser,
ser, sin razón de ser,
de esta manera.
Y tal vez, ni de otra.
Vaya usted a saber.

Todo se nos agolpa en el cristal,
cristal, a través del que miramos,
el tramo que nos queda por pisar
en nuestro viaje.
Imágenes que al estallar estampan:
el olor de café negro con sopas de pan duro,
las magdalenas tiernas, recien hechas por tu madre
en alguna fiesta,
la Semana Santa o la Navidad.
El roscón de Reyes con su haba.
Nata y chocolate caliente.
No sé,
yo digo que todo es,
el mundo de la pantalla del casco
pasando por un campo de alfalfa.

Los tarugos en la lumbre,
la chimenea, los humos, las toses,
los hombres de tabaco liado,
las mujeres, las madres, las vecinas,
abuelas, nietas y primos de las primas,
un buen grupo de gentes de al lado,
y yo.
El día de la matanza,
ahora aclaro qué me refiero,
a la matanza del cerdo.
Quién iba a pensar que fuera necesario,
en aquellos días, aclararlo;
Cuando ya habían vuelto a la vida los campos
a los que sobrevino la muerte, ahora que
las amapolas adornan el trigo y no a los seres:
hombres, mujeres, niños y animales
que regaron con sangre en vez de agua
nuestro suelo.
Nunca asocié matanza a nada
que no fuera a esta reunión de gentes sencillas
que se ayudaban unos a otros
a sobrellevar,
nuestro I Ching particular,
preparando la despensa para un larguísimo año,
en donde no existían grandes ni pequeños comercios.

Los chillidos del cerdo hasta subirlo a la mesa,
varios hombres, tirando de un gancho de hierro
clavado bajo la barbilla.
No se conocían todavía al Capitán Garfio,
ni, tan tierra dentro, a los estibadores.
Los chillidos del cerdo no se olvidan;
niños corriendo a esconderse tapándose los oídos;
llantos y voces hasta el silencio.
La mujer removiendo con su mano
la sangre en un lebrillo.
Sobre la mesa el cerdo yacente;
por todos lados el humo y la niebla,
los tragos de vino, el sudor de hombres y mujeres;
a un lado, el caldero cociendo la cebolla,
al otro las brasas y con las aliagas
depilando y descoscando al cerdo,
raspandolo con un trozo de teja de barro.

Los niños corremos enloquecidos,
las manos heladas, el corazón encogido
y con la risa nerviosa del desconcierto
y del hambre.

Olor a pan,
pan amasado en un artesa de madera,
pan que nos dan con un torrezno con una barba de días
que nos pincha, un poco de sal;
zapibotas gastadas con los andares de otro
jersey de mezcla y calcetas;
pantalones cortos, ahora,
algún día largos, de pana helada
entre color miel , marrón y musgo seco;
camiseta de felpa de manga larga
sobre la piel de gallina
de quellos señalados días.

Impactos llenos de imágenes
que van llegando y
al estallar,
el aroma que espanden
viene a hacernos creer que son algo y no son nada.

Hoy, cada día, ahora más lejos,
nos aborda el presente,
por medio de los medios,
y estampan las matanzas de cada día
en la pantalla de plasma y nos deja plasmados.

Todo está como al revés,
como la venganza de los cerdos, es.
Guerra de las Galaxias al fondo.
Matanzas de seres humanos,
a manos ¿de quien?

Y sigo con el corazón encogido
porque oigo los gritos,
ahora de los niños, ayer mismo,
y no puedo hacer nada.

GatoFénix

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