viernes, 20 de noviembre de 2009

Que viene el coco...

Pues mirad, zinnia y demás lectores, en casa lo de meter miedo estaba prohibido. Ahora lo recuerdo. Contaba mi padre un episodio de su infancia, que viviendo en Pola de Lena, donde nació, había un patio que había que cruzar para llegar a los dormitorios. No imagino el espacio, pero bueno, sigo. El caso es que mi abuelo era funcionario de prisiones, y me imagino que
a veces tendrián algún reo y las celdas estaban al lado de la vivienda familiar. Tampoco, mi padre, me dio muchas explicaciones lo que me impide dar detalles, pero a lo que íbamos: cruzar el patio aquel, de noche, con una vela o un candil, les daba miedo a todos.
Visto lo visto, como remedio, mi abuela, que por las fotos trasluce un saber atender desde la intreligencia emocional que ya quisieran muchos, se le ocurrió decir que el miedo entraba por el culo (ella lo decía sin eufemismos) y que había una solución.
- Vosotros con una mano os tapais el culo y echáis a correr, y entonces el miedo no puede entrar.
Aquí se abre un capítulo de hondas reflexiones sobre todos los aspectos y sus implicaciones, que me han ocupado parte de mi infancia y principios de la adolescencia.
Y así me lo transmitió mi padre, último de once hermanos, y a mis otros hermanos. No digo yo que sea cierto, porque aunque no soy Juan Sinmiedo, no destaco por esa circunstancia, pero poco he utilizado el consejo de la abuela Aurelia. Sin embargo, lo encontré desde niño un tanto gracioso.
Ahora, con los miedos de los tiempos que nos tocan vivir, creo que es buena cualquier protección. Y yo creo que si es que no te ve nadie, moralmente ayuda. Estoy seguro de ello.
Abrazos

sábado, 14 de noviembre de 2009

El otoño es la tarde, el año el día...como es la vida.

Muy bonita la imagen que brota de las palabras.
Un poema de Narci sobre el otoño, me lo pinta.

El otoño es la tarde;
el año, el día...
como es la vida.
El ocaso es
el otoño de cada día.
El otoño...
que rezonga,
cargado,
de frutos secos,
uvas de rebusca
(algunas pochas)
y el cansancio que trae,
las últimas horas.

El Sol es un membrillo,
las pocas pámpanas que quedan,
de calabaza...
algún melón rajado lleno de hormigas,
pero eso sí,
los árboles que dan al Júcar
parecen dulces de confitería:
Almendras laminadas,
chocolate con leche, de pastelería,
garrapiñadas,
orejas de fraile,
hojandradas,
pestiños con canela
y miel de lavanda.

El celofán de la brisa
todo lo envuelve
y nos lo muestra.
El otoño tambien es
el cansancio de una pequeña cuesta.
Como ir a S. Julian el tranquilo
a la hora de la siesta.

Tambien son los otoños,
en sus primeras noches,
los soportales de la plaza
y las calles de transeuntes
bien albergados y vahosos...
las machihembradas parejas
empujando un cochecito
con esquimal dormido.

Cuando se nos viene a la cabeza
que la vida es una castaña
(dos euros la docena)
con una sonrisa,
la pelamos, quemándonos los dedos,
y la degustamos calentita,
oliendo... a papel de estraza
y a guante de cabritilla.

Para los jóvenes sólo es, en su vida, un otoño;
para los más mayores, para los enfermos,
para los pobres y los tristes pudiera ser,
el otoño de su vida.

GatoFénix

martes, 3 de noviembre de 2009

D. Francisco Ayala ¡Descanse en paz, maestro!

hoy,
el hombre que da nombre
a mi calle,
ha partido.
¡Que tengas una venturosa travesía!
Tú mismo dijiste hace unos años
- "Ya no tengo futuro".
Apagando un ciento de velas, también decías
-"Sólo tengo un presente congelado".
¡Que en paz descanses, maestro!
Tengo en mi calle tu nombre
y la pondré de luto, para que
guarde silencio unos días,
con el corazón a media hasta,
en profundo respeto.

Naciste en el mes del gato,
en el año del caballo de fuego.
Y ha venido el ocaso de tu vida
en días de escorpio, año del buey,
el que te llevará a su grupa tan lejos
como pueda alcanzar la imaginacion del hombre.

Ciento tres años concluidos,
pasado el día de los difuntos,
tan llenos de juventud y lucidez
que me hacen decir:
-"Todavía nos hacías falta"

GatoFénix