miércoles, 15 de septiembre de 2010

El olmo de la plaza y de mi infancia.

El olmo era enorme
desde la pequeñez de un niño
y las hechuras de una plaza
sin embaldosar.

Se erguía en la plaza,
frente a mi casa,
con las frondosas ramas,
a nivel de mi ventana
y la copa redonda,
a la altura del caballete
del tejado.
En verano tenía toda la sombra
y la dejaba sobre el suelo
para quien la quisiera disfrutar.
Igual era un paraguas que una sombrilla.
La casa de mil pájaros de varias clases.

Cuando caía la noche
albergaba luciérnagas
que me encandilaban,
y me sumía,
al mirarlas,
en preguntas sin respuesta.

Sentía entre miedo e hipnosis.

Se me paraba el tiempo,
literalmente,
hasta que volvía en mi,
de aquel embobe.

No he vuelto a verlas,
y sin el farolillo,
no sabría reconocerlas.

El olmo de mi niñez en verano,
era verde y frondoso,
una casa de juegos sin horizonte
en la tierra ocre
con sus hormigas y saltamontes;
...mientras,
tomaban el fresco por la noche
los mayores.

El olmo de mi infancia, en otoño,
cambiaba el tono.
El verde de sus hojas se apagaba,
resurgía el negro de su tronco
y se perdía completo
en amarillos, ocres y marrones.
Después secuencialmente
aquel ornamento se caía
y la hojarasca dejaba el suelo
primero escamoso,
después viscoso y resbaladizo,
hasta que una ráfaga de viento
asincopada,
barría,
arrinconaba y jugaba
formando remolinos,
con lo que fueron hojas
verdes y carnosas.

Todavía quedaban algunas prendidas
como etiquetas de rebajas
cuando el invierno venía.

El primer invierno
con los vientos fríos,
lo dejaba hecho un sarmiento.
Más adelante la nieve lo vestía,
y las mañanas, desde la ventana,
dejaban ver un olmo de hielo,
antes de que "se llevaran" los árboles de Navidad.

La primavera llegaba tarde a estos parajes.
Aparecían unos botones en el olmo, casi colorados,
y poco a poco las hojas, verde primavera,
volvían a las andadas...
y después
... algunas orugas verdes caían al suelo
y jugaba a tocarlas con un palito
fino y largo.
La infeliz se retorcía o se enroscaba
y soltaba el palo
y me alejaba un paso, en un susto.
Me inclinaba desde la distancia
y remiraba en cuclillas,
mientras volvía otro verano,
de los que,
luego me di cuenta,
que no hay tantos.

GatoFénix

2 comentarios:

josé javier dijo...

Me encantan los dos versos finales, me gusta la descripción de ese momento, la epifanía de la luciérnaga y me gusta la sensación de orden y soledad que tu olmo esparce.

josé javier dijo...

Hoy (26/10/2010) lo he vuelto a leer, y me ha gustado aún más que la primera vez.