jueves, 2 de septiembre de 2010

El tío Ántibus


En los oscuros inviernos
de noches interminables
por los años cincuenta
España era un roto de hambre,
enferma de escasez y tristeza
por las sombras que nos compartían
junto a un tizón,
a la luz de un candil.

Allí junto al olor a tabaco negro
el humo del pino verde
y a la humanidad acre
del sudor seco de todo el día,
la casa olía un poco a campo
y a tierra nevada
que lo desprendía la ropa.

Oíamos que cuando hacía viento
bajaba la bruja del Castellar
y entraba por la chimenea.
Por eso,
había que poner las tenazas abiertas.
Y así estaban,
guardándonos a todos.

Nacíamos un poco viejos,
y la risa tantas veces era
una mueca sin dientes
en la cara de un loco
superviviente.

Mi padre apuntaba un relato
sin mucho detalle sobre el baile.
Parece que en la casa del tío Mahoma
algunas noches de fiesta
los mozos bailaban y bebían
vino tinto de quellos pellejos,
al son que tocaba el violín,
con una cuerda sólo,
del tío Ántibus.

Recordé el local referido
porque alguna vez fui
a comprar vino
con mi padre.
Aquel suelo medio esponjoso,
sin embaldosar,
suave, negro y pegajoso
como una bota casi vacía.
Olía como a ensalada pocha,
con una columna en el centro,
cabrían cuatro carros,
las portadas de la calle a la derecha
tal como entramos bajando
las escaleras de su casa,
y a la izquierda una ventana
más bien pequeña.
Era un almacen multiusos.
Allí se juntaban
los mozos y las mozas
y decían que a veces,
bajaban los maquis de la sierra.
Pasó un ángel,
porque se hizo un silencio sobrecogedor.

Mi madre sabía que mi padre
alguna noche se aventuró a ir.
Hubo enfado y reproches.
Mi madre tan religiosa
y a la par celosa...
se la llevaban los demonios
con estos pecaminosos encuentros
en aquel averno.
Aunque también noté
que le daba miedo...
Todo quedó en agua de borrajas
con las risas.
Parece ser que siempre,
algún gracioso, apagaba el candíl,
en medio del baile,
y aquello hacía reír a todos
hasta llorar y yo no no veía
que fuera para tanto.

Eran noches sin televisión,
incluso sin la radio,
que un poco tiempo después
llegó a nuestra casa, y fue otro disgusto.
Mi madre dijo: Este hombre está loco.
Y yo mirándome los zapatos
que hacían que se me encarnaran las uñas,
pensé que de razón llevaba un rato
pero seguí callado escuchando todo.

GatoFénix
Posted by Picasa

4 comentarios:

josé javier dijo...

Creo que en tus poemas habita la verdad, y eso es algo que no puede disimularse ni, me parece, discutirse. Éste que empieza como poema, sigue como evocación y termina como enigma y epigrama me ha despojado de mi propia identidad y me ha hecho descender por un resquicio de paisaje que hasta ahora apenas había entrevisto.

Anaís dijo...

Este estilo entre narrativo y poético, más poético que nada, en el que narras esas vivencias que comparto, me gusta mucho.
Lo mismo que "El Michinal"
Como yo digo, no dejes de escribir gatito.
¡Ah! la foto increíble. No puedes negar que eres tú con tu misma cara de picaruelo.
Besos radiofónicos

GatoFénix dijo...

Muchas gracias Anais. acabo de leerte en el grupo de lit.&humanidades. Sigue escribiendo, por favor.
Seguiré escribiendo como pueda. El año que viene si me jubilo tendré más tiempo, aunque no se si me quedarán ganas. Realmente escribo para unos pocos amigos, como tú, y para dejar testimonio de un paso por la vida característico.
Si has llegado al fondo de "El michinal" comprenderás que estoy a años luz de la superficialidad, histrionismo y majadería barnizada de no se qué que llaman cultura, que ahora es tanta que empacha. Siempre la ha habido pero ahora qué te voy a contar.
Estos tiempos, si el hombre sobrevive a esta "progresía/todoparaelhombreperosinelhombre",que se inició en el 68 en el mundo y aquí sólo una continuidad desde Felipe II/puticiapuntocom (alfayomega), dejaran una sombra tan oscura que casi es una obligación por nuestra parte (tuya, mia, y unos muy pocos) de dejar un testimonio de que hubo algo más, aunque sobrevivieramos con dificultades.
Un beso muy grande

josé javier dijo...

Está muy claro, Gato, que no formas parte de la corte de los milagros. No creo que nadie en su sano juicio pudiera pensarlo. Quizá la calidad y el éxito no son demasiado compatibles.