miércoles, 19 de mayo de 2010

Es cosa de un momento


Se despereza mayo
"pasando"
de aquellos que miren
y comprendan.

Es cosa de un momento.

Tenemos mucha suerte.
Delante de nosotros,
girando suevemente,
va a desplegar el vuelo
de su falda, la clavelina.

Marcando una verónica;
burlandose del toro,
del poco tiempo
en el ignoto giro
de las saetas destrogiras
en la esfera de la vida.
Nos va a dar...
"la vida en punto"
ese reloj fucsia de sueños
en nuestros días oscuros
desde cualquier rincón
sin aparente dueño.


GatoFénix
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viernes, 14 de mayo de 2010

Todavía hoy las nubes nos gobiernan

Hoy todavía, Mar, parece
que nunca llegará la primavera.
Del verano, ya ni te digo.
Alternamos los fríos y las nubes persistentes
con las oscuridades
nacidas
de las entrañas de la tierra.
¿Un vómito de asco?
La tierra en su conocimiento de las cosas,
contesta.
El cielo está de luto,
directamente triste,
como un fogonazo negro
que encoge el alma.
Parece que
ni la respiración se resuelve
de forma natural.
Un nudo en el estómago,
como pelota de hielo,
nos quita el sosiego
de la modorra de la siesta.
Incierto futuro sobrevuela,
se posa como un buho
y nos mira y nos calcula
como a una presa.
GatoFénix
(Mar, gracias por tus versos...en estos tiempos)


El día de después de la desvergüenza


http://espiritualidadypolitica.blogspot.com/search/label/Santiago%20Niño%20Becerra

- ¿Qué son, molinos o gigantes?
- Según se mire y depende de quién lo pregunte.
Verdaderamente son
molinos gigantescos, pura apariencia,
que no sirven sino como estampa.
Es economía sostenible, Plan-E
E, de estampa de folclore y pandereta
la más pura incompetencia,
incompetencia en estado puro
como un diamante en bruto, extraido
del saco de carbón de unos Reyes
que no vieron que mereciera otro regalo.
El último en la clase de la Verdad
puede trepar muy lejos.
Tan lejos...
como alcance su maldad;
Tanto, que Maquiavello
a su lado no hubiera llegado ni a pregonero
en una pedanía como el tamaño
del nombre que lleva.

Hay Papas Negros que dan yuyu.
(Ahora caigo en la designación de Toledo
cápital de uno de los Reinos de Taifas)
Absurda ubicación para un invento.

Hay personajes mesiánicos que
una y otra vez han reventado España.
Igual da blancas que negras, con estas damas
llevan siglos ganando los mismos
y somos los mismos los que perdemos.

Somos las víctimas daños colaterales.
Ahora nos llaman - ¡qué asco de lenguaje! - ciudadanía,
en vez de ciudadanos.
La comparsa necesaria
para montar la farsa.

Aún teniendo el espíritu del conejo,
Hispania, tampoco sé las vidas que le queden,
como al gato para levantar cabeza.

Nada es aleatorio ni casual,
muy al contrario,
todo es premeditado y alevosamente
ejecutado.
Igual que existe el espíritu de la golosina
o la mierda de pavo
existe el espíritu de la contradición,
o de la incoherencia.
Cantidad de espíritus que llenarían la Capilla Sixtina,
y puede que faltara sitio;
ocupantes de cuerpos
declarados sin espíritu alguno,
ambiciosos, fátuos, vacíos
y ateos,
practicantes sin embargo,
de la religión del Becerro de oro;
la del poder por el poder a través
del terror, la crueldad, la mentira y la venganza,
con el denominador común del odio y el miedo.
¡Mucho cuidado! Que los fanáticos
poseen la verdad absoluta y sus argumentarios
- elaborados por asesores expertos en márketing y psicología de grupos -
tienen todas las respuestas "políticamente correctas"
y todas las descalificaciones del enemigo.

Los de mi edad recordamos tanto...
hasta esto recordamos escrito en los muros precursores
de Facebook:
"Colabore con la policía, péguese usted mismo"


GatoFénix (Avergonzado funcionario español, en un arrebato de empacho de hartura de estar harto de darse cuenta de todo y tener que vivir en la dictadura de "los mismos perros con distinto collar" - con el collar que ahora se lleve, que puede ser distinto o no- según convenga incluso dentro de un momento)



miércoles, 12 de mayo de 2010

El hábito no hace al monje pero...


osé javier dijo...
Juan, tus sensaciones son un lenguaje de por sí; aunque no las 

vistieras con palabras creo que yo podría compartirlas igualmente. 

No no sé si es la habilidad linguística o más bien la gran (y 

experimentada) osadía de explorador de tí mismo lo que te convierte 

en un escritor del que no podría prescindir.

No me llamo Juan, pero podría llamarme, porque nací en la vispera 

de S. Juan. Mi abuelo y mi padre, ambos josemarias, me absorbieron 

con esa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre.
En casa me llaman de cualquier manera y mi mujer y mi hija casi 

cada día me están rebautizando con los más peregrinos y entrañables 

nombres. Son maneras de decir: "Te quiero" con un sobrenombre.
El nombre no es lo de menos.
Igual que,
"el hábito, dicen, que no hace al monje",
pero es mentira podrída,
y yo le añado: "...pero ayuda al compañero".
En esta simbiosis de refranes que fundamenta mi experiencia.

"El hábito no hace al monje...pero ayuda al compañero" Porque un 

grano no hace granero pero "Madrid es la suma de todos".
Un abrazo
GatoFénix

sábado, 8 de mayo de 2010

Las horas muertas



Tantas horas frente a tu ventana.
Esa ventana que no habla ni mira,
en la que nos miramos
en lo otro.
Donde se funde nuestra imagen
con los textos que leemos o escribimos.
Un lugar sin tiempo donde el espacio
está fuera de nosotros
y de nuestra capacidad
de entender.
Lo otro como Caribdis
nos lleva a lo profundo y lo desconocido.
Nunca tan cerca, ni tan lejos
estuvimos.
Nos enviamos notas y estamos al lado.
Recibimos palabras del otro continente.
Faltan los abrazos y la voz no es lo que es
cuando estamos juntos.
Horas perdidas de miradas de verdad
para navegar, eso dicen,
en un barco imaginario que más parece
un ataud de soledades
buscando un puerto
donde echar el ancla.
Un ancla, casi anca de rana,
oxidada en la cubierta.
Sin uso alguno.
Como un lastre
que nos impide volar,
que es lo que nos pide el cuerpo...
nuestro gran olvidado.

GatoFénix
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lunes, 3 de mayo de 2010

Lágrimas de prímula como un pensamiento


Cuando veáis la imagen
el pensamiento habrá muerto.
La prímula, un mapa de bytes.
Ya sólo es, desde este momento,
un algo virtual.

Lágrimas del pensamiento,
mañana invernal
que acaba dejando
entrar tímidamente,
la luz de este tiempo
inconsistente.


GatoFénix

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Viajar con la luz



No supe hasta que vi esta imagen
por qué viajaba tan feliz.
Viajaba con nosotros el Arco Iris.
Se nos había colado dentro del habitáculo
y nos protegía de todo.
Nos deslizábamos envueltos en risa y musica.
Nuestro pequeño núcleo familir actual
estrenando el coche.
Estrenando sensaciones.
Sara tiene el don de hacer fotos.
Nuestra hija, las ve en su cabeza
antes de hacerlas,
y cuando está en su ser maravilloso
encuentra pequeñas cosas
que convierte en símbolos.
Captura un momento irrepetible
y lo hace sempiterno.
En esta foto, ha congelado
la lluvia de luz del Arco Iris
sobre mi mano a las dos.
Ha recogido para todos nosotros,
el gesto firme sobre el arco del volante
y una ladera de montaña alcarreña
que termina en un fondo resguardado
al abrigo del tiempo donde se refugian
unas casas con historia con su iglesia:
Un pequeño pueblo que se llama Tendilla.
Todo está ahí como el amor que rezuma
en sus abrazos y el placer de viajar juntos;
por el mero placer de viajar,
por la satisfación de ir juntos
en la ruta de ida y vuelta
a nuesta casa, como una metáfora más
de lo que parece ser la vida.
Mi mujer a nuestro lado
iba dormida porque estaba
saliente de noche ese día.
Dejemos que descanse
y que sus sueños llenen
la parte oculta de la imagen.

GatoFénix
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domingo, 2 de mayo de 2010

El sindrome

El síndrome de Diógenes informático
nos hace almacener virtualidades
por si acaso.
Por cierto,
un por si acaso que no llega
nunca.
Almacenamos y almacenamos
programas,
programitas,
programones
que no usamos;
archivos de sonido,
que no escuchamos;
archivos de imágenes,
que nunca vemos.
Un tiempo finito e irrepetible
malgastado.
La vida de verdad
al otro lado de la ventana,
nos espera llenando de sol y flores todo,
incluso con su aroma,
eternamente calladas
como en el asombro de saber
que puede
que no existan ahora,
hasta que algún ingenio electrónico
la inmortalice embalsamada en bytes
en una placa de doce megapixels.

Sabíamos que la vida es sueño
pero no,
que ahora,
los sueños bytes son.

GatoFénix

sábado, 1 de mayo de 2010

Aquel cuchillo negro de hierro


Por aquellos días recuerdo claramente el dolor de muelas que me llevaban al llanto las más de las veces. Mi madre, solícita, me socorría con medio Optalidón. El sabor amargo, inolvidable. Ese sabor cuando la maniobra de tragar aquel remedio, no funcionaba a la primera.
La boca se anegaba de una saliva gorda y amarga que incitaba al vómito. Una vez mastiqué una almendra que creía dulce y era amarga. La misma sensación me producía. También recuerdo que tras finalizar el proceso me sacudía el cuerpo un repentino escalofrío y una sensación de adormecimiento en la lengua. Lo dicho, tal como con la almendra.
Parecía muy potente aquella media gragea. Era valiente, rojo guinda, de corazón blanco y difícil de partir. Cada vez que aquello era menester, observaba el ritual, que oficiaba mi madre, mientras hipeaba y con los ojos turbios.
Como el torero se acerca al burladero a coger la espada al llegar la suerte, así ella se dirigía al cajón de los cubiertos, lo abría y empuñaba el cuchillo de cortar.
Era un cuchillo de hierro (por entonces lo creía de una pieza) hoja y mango de color negro. La hoja fina más corta que el puño y con punta redonda; el puño pesado y frío con forma de tirador de cisterna antigua pero aplastado. Parecía una de esas pompas de jabón creciendo con nuestro soplo a través del aro, antes de explotar y saltar a nuestra cara una chispita de agua fría. Se sientía como el choque de un insecto cuando iba en bici. Un cuchillo corriente pero único entre sus compañeros de cajón. Era como el misterioso garbanzo negro que aparecía en mi niñez en los "cociditos de la reina" - así los llamaba mi padre. Ahora ya no sé el tiempo que hace...¿Cuándo fué la última vez que apareció un garbanzo negro en mi plato de cocido?
En absoluto era un vulgar cuchillo. Si golpeabas con habilidad, cogido con dos dedos, sobre una encimera de piedra, sonaba como un diapasón. Debías apoyarlo sobre el dedo índice y posar levemente la yema del pulgar como buscando un imposible equilibrio. Mientras tintineaba, venía a la memoria, aunque sin imágenes reales, toda la infancia de mi madre en Motilla del Palancar. Aquel cuchillo pesado para un niño, frío al empuñarlo frío, te dejaba la mano como ajena, pero al poco tomaba el calor y parecía que hubiera crecido en la palma de la mano y al dejarlo y retomarlo luego lo sentías propio. Esas cosas no quedan en la memoria, están en la palma de la mano y las encuentras cuando pasas el pulgar de tu otra mano por el hueco cuando las unes suavemente sobre le vientre.
Era un cuchillo inútil. Siempre lo conocí viejo aunque hasta ahora no me he preguntado si alguna vez no lo fue. En los sesenta era viejo y no alcanzaba su lustre ni su forma para salir a la mesa... ni a carne ni a pescado. Al postre…ya no recuerdo si alguna vez peló fruta, y por cierto tengo, que cortaba muy bien esa punta negra de los plátanos que nos ayudaba a desnudarlos luego. Pero, claro, esto era más tarea de cocina en mesita de hule a la merienda que de comedor, porque al pobre no se le daba bien ni pelar las patatas para la tortilla.
Era un símbolo aquel cuchillo. Un objeto que llevaba en su cuerpo toda la carga triste y pesada de la historia de España. La historia de España de mi madre que me contaba muchas veces lo poquito que contaba. Mi abuelo y su padre se manifestaba en sus charlas en el Casino con sus amigos como republicano de izquierdas. Poco amigo de curas y de creencias. Él era un comerciante de azafrán que desarrollaba sus operaciones mercantiles en Cataluña. Gran viajero y personaje adelantado a su tiempo. Tenía un socio y fue propietario de un Ford T. Era una época feliz en su casa donde nunca se pasó hambre. Todo aquello la guerra lo cambiaría drásticamente.
Su madre y todos los tíos y los abuelos, por la otra parte, eran de misa diaria. Un tío cura, una monja, un guardia civil, un maestro de escuela, y así hasta once vidas diferentes según se iban marcando las circunstancias. Dos mundos opuestos cuando no incompatibles.
Mi madre, me contaba, que mientras oía los motores de la aviación, al principio de un bando y después del otro, ella merendaba pan con aceite y un tomate con sal en el patio de su casa. Parece que en el puño de ese cuchillo hubiera quedado todo el miedo de una adolescente, huérfana desde un fatídico carnaval en su infancia y de una pulmonía que se llevó a su madre cuando ella apenas estaba aprendiendo a decir "mamá". No había penicilina. En dos semanas pasó de la infancia a la madurez. Habrían pasado nueve años de aquello. Ese cuchillo todavía estaba de luto desde entonces y fue uno de los utensilios de su precaria dote.
Mi abuelo se volvió a casar. Las hermanas, que nacieron de la siguiente mujer de su padre, fueron su acupación. Ellas fueron sus muñecas y atenderlas, su juego y obligación cuando volvía del colegio o de la iglesia.
Se dedicó a estudiar todo lo que pudo hasta hacer el Examen de Estado para después terminar Magisterio, viviendo en casa de sus tíos en Cuenca.
Todo esta información se encontraba en este cuchillo, como un antecesor del Pen-Drive y bastaba empuñarlo para que se viniera encima la edad de hierro de mi familia.

© GatoFénix