sábado, 5 de junio de 2010

Para Anais

Después de tanto tiempo, y con la primavera en casa,
te acercas y me hielas con tus palabras.
No es un hielo frío sino de alambre y felpa.
Una gamuza de sueños que recuerda
que ella se fue
como no podia ser de otra manera
aquella que fue tu primera casa;
una isla de agua tibia,
de color rosa y
que todavía
te arrulla
en el suspiro de un sueño
después de
un beso..
En ese momento de desmayo.

GatoFénix (Mis condolencias, Anais)


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martes, 1 de junio de 2010

Casa, donde nací



Sólo queda la portada, el frontal
los blasones, las ventanas la cáscara
el envoltorio del antiguo hospital
Casa de la Beneficencia de Cuenca
donde nací.
Me quiso dar a luz, o fue el destino,
mi madre, cerca del puente de San Antón
al lado del Júcar, desde donde se ve
en la otra ladera, una imagen pequeña
de la Viergen de la Luz, justo en el lugar
donde se apareció a un pastor,
según cuenta la tradición popular.
Unos metros más atrás se produce
el encuentro del Huécar y el Júcar.
Una confluencia que dibujaría
una "y" griega vista desde el cielo
o desde la tierra suspendidos
de la Torremangana.

Daban las seis de la mañana,
siempre me lo dijo mi madre
y es fácil creerla cuando sabes
que desde cualquier parte de Cuenca
se oye el reloj de esa torre al dar
los cuartos, las medias y las horas.
Un poco el Big-Ben de mi infancia
que marcó mi carácter,
un tanto flemático
las más de las veces.
Te diría que recuerdo la habitación
y la escena, pero no me creerás,
el hábito de las monjas y la bata del médico
sobre unas paredes encaladas
con poca luz,
dorada y azul del amanecer
de la víspera de San Juan.
La chaqueta de pana negra de mi padre
más adelante y el olor a tabaco
y su cara con la mueca del susto en ella.
La suavidad de mi madre, su pecho
y sus ojos bondadosos e incrédulos
de no merecer ese bonito milagro
que era yo.
La miraba levantando un ojo de la teta
sintiendo una cosa, que luego supe
que llamaban felicidad, y que es como
cuando parece que no notas el cuerpo
y vas a echar a volar;
o cuando tomas un bebé en tus brazos
y piensas que es de aire,
porque no pesa nada,
y así enroscado como un gusanito,
sobre el hombro izquierdo eructa,
y a la vez se le va un cuesco con sordina
que notas en tu mano tras los envoltorios.
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