sábado, 21 de agosto de 2010

El michinal.

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Entre los tesoros de mi infancia me quedo con la memoria y tengo, guardada en ella, historias vividas o contadas que, con el tiempo, no se distinguen las unas de las otras, gracias a Dios, a veces, porque así todo parece de cuento.

Mi infancia fue muy rica, dentro de la pobreza material, y una vez nacido en Cuenca, como ya sabéis, por otro relato anterior, mis primeros años, y desde que empecé a tener conciencia, transcurrieron a unos ochenta kilómetros de la capital, yendo para Teruel.

Todo pinares y espliego, resina y miel blanca de romero y oscura, de encina. El nombre es lo de menos y también me permitirá mayor libertad y despertará la curiosidad por descubrir el lugar, que es tan real como lo podamos ser nosotros.

Hace unos días estuve allí. Quería ver, lo que tenía en la memoria, con los ojos de la cara. Fue un bonito encuentro, aunque con casi todas las ausencias humanas y materiales propias del paso de los años: amigos fallecidos, el olmo de la plaza, el remozado y nueva función de la que fuera mi primera vivienda. Hubo un tiempo en el que yo no estaba y lo que sé es por lo que he podido oir. Luego nací y cuando tenía diecinueve meses, nació mi primer hermano, tantas veces me han repetido lo que nos llevamos, que, como para olvidarlo.

No es que pueda contarlo todo, de corrido, desde entonces, pero desde el fatídico día en que nació, incluso varios meses antes, cuando mi madre supo que estaba embarazada, llegó un primer trauma al cambiarme la teta, por la tetina y la leche de mi madre; por el maldito Pelargón. Todavía recuerdo el olor agrio, aunque pueda parecer mentira. Bueno, pues un día lo dejó mi madre a mi cargo.

Él gateaba entonces y yo no habría cumplido los dos años. Los detalles de cómo cayó rodando por las escaleras, mentiría si digo que los recuerdo. Los hechos, las voces que me dio, los azotes y el ejemplar castigo, lo recuerdo como si fuera hoy mismo, esta mañana ¡Vaya!

Después de recoger a mi hermano en el escalón que estuviera, que puede que llegara al rellano, yo qué sé. Lo puso en el moisés, que era como un cesto oval de mimbre, Mi madre, o lo que quedaba de ella, sofocada y colorada; fuera de si, me gritó con palabras que todavía no tenía en mi vocabulario y después de zarandearme, que casi me descuaderna, me dio unos azotes que me dolieron hasta en la nunca. Tal es así, que en este momento me empieza a resudar la frente y eso que han pasado, cincuenta y siete años...y tres meses. Empero no fue todo. No. No era suficiente dar por hecho que había sido un acto premeditado y con intenciones criminales, que incluso llegué a odiarme durante años, porque con ese síndrome de Estocolmo tan temprano, lo asumí todo a pie juntillas. De hecho, no creo que me habría ido peor de haber muerto mi hermano, como consecuencia de la caída, si exceptuamos, la pena capital, que estaba en España todavía vigente en el cincuenta y tres.

El delito debía tener, además, un castigo ejemplar, aunque por mi parte ya había quedado todo claro y no creí que hubiera más. Pues lo hubo. Me cogió en volandas, como una posesa, la recuerdo con falda de paño pardillo y con finos cuadros blancos al bies, a modo de rombos y una camisa camisera de mangas largas y hombros de farol, de botones forrados tipo guisante aplastado, abrochados hasta el cuello de solapa redondeada. Todo eso vi en los dieciocho escalones del tramo de escalera que bajaba a la calle. Pero no íbamos a la calle. Giró a la derecha y abrió la puerta del michinal, donde se guardaban las patatas tardías para el año, y allí me sentó sin cuidado alguno, sobre las mismas y cerró la puerta, como si nunca más se fuera a poder abrir.

Las patatas por aquella época del año tenían los hijos ya para ir a la mili,tan crecidos que algunos parecían un ejercito de espárragos, en posición de rindan armas, hacia la celosía de la puerta, que estaba en su parte superior y erala única luz mortecina que nos difuminaba.Yo estaba llorando desconsoladamente,esto textual, pero en silencio. Sólo grité en los azotazos, después sólo lloraba a lágrima viva.

Con los ojos anegados y la penumbre reinante experimenté la cámara oscura y cómo algunas imágenes borrosas aparecían invertidas en la pared de la derecha justo en la pequeña recuadro luminoso donde incidía la luz que entraba por la celosía. Lloraba amargamente y con las manos llenas de la tierra de las patatas, no me atrevía a enjugar la lágrimas con mis dedos y sólo alcanzaba a quitármela junto con los copiosos mocos,con la manga derecha y con el dorso de la mano izquierda.

El tiempo pasaba húmedo y terroso, no es como cuando llueve y huele a tierra mojada, era como cuando hacías un hoyo con las manos y te olías las uñas. De la desesperación y el llanto fui pasando al sollozo, a la lágrima silenciosa y caliente hasta llegar a la tristeza. Una tristeza que nunca sabré contar y por ello desisto de intentarlo. Era una tristeza no exenta de rabia y de impotencia pero en aquella penumbra me trajo la simiente de la sabiduría, una carga muy pesada a cualquier edad, aunque yo, poco a poco, la fui apreciando como un valioso don.

"No tengo a nadie" - pensé - y después de una larga pausa y varios hondos suspiros, me dije mirando a mi estómago y con la barbilla apoyada en mi pechete: "Desde este momento, seré mi padre y mi madre" Y dejé de llorar.

Fijaos qué curioso, ya no recuerdo más. No sé el tiempo que pasaría allí sentado sobre las patatas, con aquellos tallos altos y blancos como espárragos; No sé ni quien ni cuando abrió la puerta; Ni si me cogieron en brazos o si subí solo las escaleras, andando de una en una con el pie derecho y apoyado en la pared.

Todo fue distinto desde ese momento. El michinal, de debajo de la escalera, hizo las veces de crisálida y fue mi universidad de la vida en la que cursé el master sobre:"El corazón de la gente; la metamorfosis permanente"


GatoFénix


miércoles, 11 de agosto de 2010

Pipas de girasol


Un día más de camino para
envolverme y remozarme con el viaje.
Una vuelta en la carretera a Cuenca,
siempre en mis pensamientos,
siempre en los olores
atento, siempre atento
a los colores del tiempo.
Tiempos estos de girasoles.
alfombras amarillas y esmeralda.
Hoy navego entre curvas,
un festón de estos faralaes de temporada.
Domingos de la infancia,
paseos en "La Plaza de España";
un pequeño pueblo con sus soportales.
Allí en su puesto, el "Tio Perico":
pipas de girasol, guijas, cacahuetes, panchitos...
Pipas con sal...
- "Una peseta de pipas - Tío Perico"
Cuadrado de madera, sin fondo apenas,
que medía sin exactitud alguna
la rica mercancía.
Cucurucho de papel de estraza,
hecho en una revolera de muñeca diestra
con un rectángulo, de su medida:
dos reales de agujero, una peseta, seis reales,
dos pesetas y diez reales de aquellos de cobre.

Todo eso llega cuando mis ojos
esta mañana
se llenan de girasoles.
¡Cuántos "tornasoles" juntos!
¡Cuántas medidas de pipas!
Infancia de domingos
en tiempos de hambre,
"25 años de paz-iencia"
- rezaba la propaganda.
Propaganda y más propaganda...
"media de pipas" como ahora.
Y el campo mientras tanto,
por las laderas, junto a la carretera,
brillantes girasoles me contemplan.
como enormes margaritas
que deshoja el Ogro del tiempo,
el dueño del recuerdo, en el país que nunca jamás
dejó de existir en el continuo viaje
que es la vida.

Frases del paseo con mi padre:
- "Tira pa´ lante cochero,
que algún sitio llegaremos"
Y parecía una tontería, y me reía;
pero era serio aquello. Toda una huída.
Como un lapsus o como una rutina...
Mientras,
la boca se llena de saliva
sólo con el recuerdo salado e imperecedero
de aquellas pipas.
Mañanas de Domingo, después de misa.

El sol de mediodía, ya de vuelta,
parece que ha dejado su carro luminoso
en la besana.
Ha quemado unas mieses y hacia poniente,
nos muestra esplendorosa
la bella oro-grafía femenina de la Tierra.
Nada mejor para cubrirnos algún día.

GatoFénix
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