martes, 4 de enero de 2011

Los Reyes Magos 2011




Los Reyes Magos son mis preferidos.
Me han traído tantos regalos desde niño,
y me han ilusionado con su misterio y generosidad...
son mi debilidad en estas fechas.
La noche de Reyes tan llena de cuentos y tan irreal,
que era posible unir la infancia de la madre con la de los hijos.
El padre no tenía credibilidad, pero la madre
hasta andaba de otra manera, como de puntillas,
y la sonrisa de ojuelos entornados y traviesos..
Era una época que viene una y otra vez
y que se mantiene intacta si te previenes del vacío
de las Cabalgatas horteras y laicas, donde
empezando por los Reyes y terminando
por el último mono de la comitiva,
es puro esperpento.
Aquellas motos de chapa estampada
que se abrían en dos y te quedabas sin juguete,
con aquella espiral que le hacía andar dando vueltas
sin control hasta que se chocaba y seguía funcionando
caída, mientras que le duraba la cuerda;
aquella pistola de pistones, magenta y plata,
carísima de mantener - una peseta el rollo,
que estaba lleno de burbujitas de pólvora -
con una portezuela lateral para la carga;
aquellos bolos de madera policromada
que se guardaban en un marco rectangular,
como una portería con la linea de gol llena de clavos
que servían para transportar los bolos,
pinchados en ellos como porteros.
En ellos, cuando no había bolos que los protegieran, me apoyé y
me atravesó la mano, que una mano de seis años no tiene espesor,
pues todavía perdura la cicatriz
en la palma de mi mano derecha:
-¡Mamá!¡mamá! - llego corriendo
mostrando la llaga como un Cristo crucificado.
- ¡Ay, hijo! Pero ¿qué has hecho? Y me llevó en volandas
cogido por la mano buena hasta la cocina, que allí estaba todo.
Yo tenía seis años de los de antes y casi no lloraba.
Me preocupó ella y su cara de susto ante la sangre.
Me acuerdo del escozor del alcohol
y de la espuma que hacía el agua oxigenada,
eso sí me dejó pensativo,
que aquello hirviera y que picara tanto...
Eran preciosos; todos diferentes...
me acuerdo que uno era marinero con su gorrito blanco
decorado en bandas azules de dos tonos.
otro era un payaso y otro llevaba una chaqueta negra
con botones blancos...había seis, pero no los recuerdo
y no he vuelto a ver nada parecido,
que digo yo que los de los clavos se podría solucionar
y tampoco fue para tanto,
a pesar de la inyección que me pusieron y toda la bronca.
En el cincuenta y siete todavía podías jugar en campo abierto
y salir por los aires por cualquier material olvidado,
que aparecía a poco que escarbaras en la tierra:
alguna bala perdida, nunca mejor dicho,
de las que vi algunas enteras y de varios tipos
y que les dábamos con una piedra en el culo
a ver qué pasaba.
A mi, por cierto, no me funcionó ninguna.
Y no me alegraba aquello, tal era mi ignorancia.
Un año después trajeron los Reyes un revolver brillante.
Duró hasta que lo apoyé por el cañón
en la estufa y, y ... ¡se derritió!
No me lo podía creer, ¡Joal!
No es un error es que
en la parte derecha tenía marcado,
bajo el tambor, ese nombre: Joal
Pues eso digo yo ¡Joel con el engaño!
O aquella preciosa espada con su vaina.
Preciosa, como un florete aunque plano,
que ya fue una sorpresa porque había leído
"Los tres mosqueteros",y sabía cómo debía de ser aquello.
Pero cuando la desenvainé quedé mustio y encogido...
la espada medía la mitad del largo de la vaina:
segunda tomadura de pelo; y para rematar, en la primera pelea de espadas
la hoja se dobla como si fuera de cartón.
La enderecé como pude, me ha pasado otras veces
en otros instrumentos y he sabido hacerlo desde entonces
sin perder la compostura.
Se recompuso pero lo peor fue
al intentar envainarla..
Aquello entraba con dificultad,
aunque al fin entró entera.
Me fui por la mañana a jugar
al secadero de la fábrica de cerámica
y me faltaba sentarme en unos ladrillos,
con ella en la mano, a descansar,
con tan mala fortuna que se introdujo la vaina
en una rendija indebida y
la vaina se dobló.
Ahí el cielo cayó sobre mi -
todas las veces que eso pasa ya puedes rezar-
porque aunque la vuelvas a poner recta,
y con unos cuidadosos toques en los laterales intentes ahuecarla,
en esa rendija ya no entra espada alguna.
Luego empezó a sonar la empuñadura y la protección semieesférica
como unas campanillas y perdió todo interés.
Ya lo digo, a pesar de todo, los Reyes son lo mejor para mi.
Desde siempre he recibido tanta alegría, la salud necesaria, familia,
trabajo y gentes
como vosotros que estáis leyendo,
que no cabrían en el mejor saco del mejor Papá Nöel del mundo.

GatoFénix

1 comentario:

josé javier dijo...

La fragilidad de los objetos es una de las posesiones más brillantes de tu saber de poeta, pero en la fragilidad de los juguetes has encontrado la forma de superar aún el contenido lírico de lo endeble, lo quebradizo, de lo inmortal de la inconsistencia. También nuestra inconsistencia, porque nos parecemos mucho a esa pistola marca Joal.