miércoles, 4 de mayo de 2011

© GatoFénix - El extraño monje del Tíbet

    Oraciones                                           Templo y monje

    La ciudad de Lhasa junto............   al río Kyichu. Puente sobre dicho río.


Érase una vez un monje del Tíbet que sólo tenía como compañeros al sol y las estrellas en su vetusto monasterio, situado en la ribera del río Kyichu. Sin embargo, recibía muchas visitas que le traían regalos. Venían gentes de los sitios más dispares; algunos, de tierras muy lejanas, tal era su fama. 
Los que lo habían visitado decían, cuando se les preguntaba, que era un hombre tan corriente que no podían describirlo y, al mismo tiempo, tan especial que cualquiera lo reconocería entre una miríada.
Esto era muy curioso, si tenemos en cuenta que los visitantes procedían de todas las naciones del mundo. Y así, unos eran de las proximidades del monasterio, de la ciudad de Lhasa, pero otros, habían llegado del sur de la India, con sus cabellos negros y su tez morena; otros, de Etiopía, esbeltos nubios y algunos del pueblo masai; pero también bosquimanos; otros, de Japón y Manchuria, incluso, en el  libro de visitas del monasterio, se había registrado un matrimonio: María de la Antigua e Isidro, que venían de Azuqueca de Henares, cerca de Meco, el punto más alejado del mar de toda la península Ibérica, y se lee sobre sus nombres: "Santiago de Compostela es muy bonito. Hace mucho frío y está más lejos de lo que nos dijeron. El gallego que hablan es muy raro y no hay marisco por ninguna parte".  Luego, está su firma con lapicero de trazo grueso...de esos que había que mojar la punta con saliva para que luego pintara como violeta o así. Aunque esto no es relevante para lo que nos ocupa, pero a cualquier buen observador le daría mucho que pensar, y se podría escribir otro libro de esto. 

A nuestro monje, todos lo veían como un igual, y todos eran diferentes. No obstante, percibían en este personaje solitario un halo especial, como una pátina de bondad que nacía en su mirada, limpia y penetrante como el río Kyichu y una sonrisa tan extrañamente hermosa que en una ocasión hizo llorar a un samurái que pretendía matarlo y en otra, puso de rodillas a un temido salteador de caminos.
Cada viajero, sin excepción, a la vuelta de este venturoso encuentro ya nunca fue el mismo. El corazón de cada uno se habían llenado de amor de tal manera, que ni  la vida, ni la muerte los angustiaba y siempre, siempre estaban de buen humor.
Cuentan, aunque nadie podría asegurarlo, que sólo uno de los visitantes que no se supo de dónde, a su vuelta a casa, sólo balbucía:
- "No es posible… ¿Será posible lo que han visto mis ojos? -  o exclamaba -  "¡No puede ser cierto! ¡Nadie vaya a semejante lugar!" - o musitaba - "Todos saben que no existen los ángeles" - o, casi en un hilo de voz enunciaba según la ocasión -  ¡Ojala! me hubiera quedado en casa"... Y,…enloqueció,... y murió. Así, sin más; que no era anciano siquiera...
Todo eso se dice. Doy fe de lo escuchado,...y yo lo entiendo, porque los espíritus inmundos son incompatibles con la luz y la verdad.

© GatoFénix  


(29 de septiembre de 2007 - Cuento rescatado para tenerlo todo en mi rincón. Muchos ya lo habréis leído)

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