miércoles, 22 de junio de 2011

Mis motocicletas - mi afición




Por más que quería escribir no podía.
Hubo que moverse con ingenio y utilizar
el lenguaje con soltura para poder decir algo.

Lo he conseguido, por fin,
engañando a esta máquina
en la que se manejan los signos
a otro nivel de conciencia y de conocimiento.

Las motos son mis herramientas
para deslizarme por la vida.
También la bici, cuando joven, en la que viajaba
de Bolaños a Daimiel o
a Manzanares, o a Moral de Calatrava.
O cómo fuimos a Ciudad Real mi amigo Lucas (q.e.p.d.)
y un servidor, que así se decía, para comprar una guitarra para él.
Llegamos, vimos, la probé, y compramos.
Tan contentos. Era una guitarra española
"Alhambra" y lacada en negro por la periferia y en su espalda
que se difuminaba y fundía en rojo hacia el centro.
Bueno, una pasada.
Mil doscientas cincuenta pesetas bien empleadas.
Sonaba muy bien, era ligera y suave al pisar los trastes.
No bordoneaba ninguna cuerda y el clavijero no iba mal.
No recuerdo si bebimos algo o si comimos, fíjate.
Qué tiempos en los que parecíamos camellos.
Después de treinta kilómetros... y no recuerdo nada 
de comida ni bebida. Increíble.
Estábamos embargados en una emoción 
que borró todos los detalles no importantes.
Lo peor fue la vuelta en la cuesta La Acibuchal,
con nuestro cansancio, las bicicletas BH, de quince quilos,
y sin las moderneces de ahora, y encima con la guitarra.
Os digo la verdad. No sé cómo transportó Lucas la guitarra.
No sé si la ató al "porta" o se la puso a la espalda en bandolera.
Nada que no tengo la imagen.
Sólo sé que llegamos arriba de la cuesta,
andando los últimos metros,
y el resto fue, coser y cantar.
Todo cuesta abajo hasta Bolaños.
Siempre me agradeció este viaje
aunque no era de muchas palabras
pero era de gran corazón.
Tambien tenía su abuelo una bodega,
con lo que quedaba de un camión en el patio
y podíamos jugar en esas anchuras
a que conducíamos asidos al volante y cambiando 
con una palanca con pomo negro como azabache.
Y cuando crecimos, en su casa hacíamos güateques
con discos de 45 rpm entre los que estaba
"Con su blanca palidez" que era el momento estelar.

Lucas y yo casi siempre estábamos de pincha-discos,
no teníamos mucho éxito, así es que nos pasaba
como en el chiste del gatete joven que se lo llevan los otros de juerga
y después de ser interceptados por unos perros y dar varias vueltas
a  la fuente de la plaza, huyendo de los perros dijo, 
pensando que aquello era echar una canita al aire;
Yo voy a joder una vuelta más y me voy pa casa.
Y nosotros, oye que pongo un disco más y nos vamos.

En su moto, una Rieju de marchas,
monté por primera vez en moto.
Me la dejó y fui a Almagro con una gorra de sudista,
que tenía entonces, ese era el casco.
Iba todo bien, pero en la entrada al pueblo vecino, 
vino un golpe de viento más la velocidad
del vehículo y se me llevó la gorra volando.
Giré la cabeza instintivamente buscándola con la vista,
y según se cayó la gorra al suelo también lo hicimos
la moto y yo, al lado de un mojón blanco Km 4
y se le rompió un intermitente trasero.
Volví cabizbajo y avergonzado por el arrastrón
y le prometí que le pagaría el cristalito del piloto.
Se enfadó un poco, pero conmigo 
nunca se mostró agresivo. 
Sólo miró al suelo, y yo le vi la preocupación
por su madre, que le iba a llamar de todo
por haber dejado la moto y todo eso.
Siempre le estaré agradecido, porque así 
pude tener una experiencia que hizo nacer en mi 
esta afición, y eso que me caí.. 
Esto es como lo del poker
que ganar ya debe de ser...
Pero mi vehiculo de pobre era la bici.
Tuve que terminar cuatro cursos con
unas notas de sobresaliente en todo.
Así durante cuatro cursos.
Cada año al terminar la misma canción
- El año que viene, hijo.
La de rabia que me habría ahorrado 
si me hubieran dicho que no había dinero.
Lo habría comprendido...pero como Dios es grande
un verano llegó la bici.
Una BH azul y blanca de hombre
con los frenos de varillas.
Ese día no me bajé de ella ni en la hora de la siesta
y cogí una insolación que casi me lleva al "cuadrao".
Pero también aquello pasó y no sé
 los kilómetros que le haría.

Almagro, era una ruta de todo tiempo,
pero sobre todo en verano.
Entonces se podía volver a las diez, con la fresca,
y no pasaba nada...menos esa noche, que al pasar
cerca de la finca de Panilla, la cual ya no existe,
nada más abandonar las últimas luces del pueblo,
en la esquina de la Algodonera de Castilla, la última
una con tulipa iluminando un cartel de Nitrato de Chile,
amarillo y negro, me encaminó a lo oscuro de la carretera.
Empecé a oír unos ladridos por la derecha
que se acercaban.
- Eso de ladran luego cabalgamos 
me hizo menos gracia que nunca -
Aceleré un poco pero cuando me di cuenta
lo tenía casi para morderme el talón derecho.
Casi me meo del susto. 
Noté en le estómago el pánico y 
agarrando con fuerza los puños del manillar, 
agaché la cabeza y sacando fuerzas del propio miedo,
si pondría la bici a sesenta o más unos minutos eternos,
y al poco dejé de sentir el aliento y los terribles ladridos
del loco cancerbero del maldito Panilla y su madre..
Empezaba a oír el tintineo de la rueda dentada 
de la noria a la izquierda de la última curva a derechas.
Llegué en un suspiro a la curva de la noria oyendo 
con fuerza como de un martillo sobre metal
y cómo subían cadencialmente los cangilones.
Me llegó una brisa de aire fresco que nacía
en la higuera junto a la alberca.
¡El puto perro! - pensé -
Esta vez me he "librao" de milagro.
Ya veía ente sombras la borriquilla dando vueltas
sujeta al varal y con los ojos medio tapados.
Y debí pensar ¿y para qué, si es de noche?
Con estos pensamientos ya entraba en las primeras
bombillas del pueblo. 
Ahí cambiaban los traqueteos.
Dejaba los adoquines,
que se te caían los empastes, 
y giraba a la derecha por la vereda 
que estaba asfaltada,
aunque con una superficie modelo túmulo.
No era prudente coger la sendita suave
del borde con tierra fina sin luz de día,
porque si dabas un llantazo 
con el irregular borde del asfalto
no te librabas de besar el suelo
con un guarrazo soberbio... 
más los daños colaterales del vehículo.

No era cosa de llegar a las once, 
allí tomando el fresco mis padres con los vecinos 
y dar el vergonzoso espectáculo.
Ya iba a ser bastante si llegaba a sus oídos
el asunto del perro. Que aquello
podría poner en peligro mis aventuras,
porque oficialmente y no lo digáis, 
yo venía del parque de Bolaños de estar con los amigos.

Todo este trajín de cabeza, con mis dieciséis años,
es lo que he mantenido hasta ahora con la misma ilusión.
La emoción del momento y la visión de las cosas,
subido y en movimiento, desplazándome
entre ellas como un maestro zen,
tratando de dejar todo donde está,
pero tomando, de ese no contacto, 
una gotita de su esencia a modo de préstamo:
los ladridos babosos del perro, 
el aire sofocante,
los latidos del corazón,
las pantoriillas tensas,
el nudo en el estómago,
la sequedad de la boca,
el olor a hinojo de aquella noche,
el tintineo de la noria, 
el ruido del agua jarreando en el caño de chapa,
el traquetreo de las ruedas botando sobre los adoquines, 
el tacto de los aros de los puños de plástico y cómo
se marcaban en la palma de mis manos...
y así tantas cosas...
hasta la sensación de volar cuando
me bajaba de la bicicleta y la llevaba a mi lado derecho.

Llegar esa noche fue muy importante.
Me sentía feliz de haber salido con bien del trance.
Sonreía hacia dentro y aprendí que eso era sentirse
satisfecho y bien.
Y que eso está muy cerca
de ser casi feliz,
en unos tiempos
complejos y duros
y a la vez ricos,
interesantes y hermosos
que viví.

© GatoFénix

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