miércoles, 27 de julio de 2011

© GatoFénix - El agua milagrosa de Lourdes. (II)







Pasamos a la antesala de la pila.
Había tres sillas y unas perchas
enfrente una camilla
en la camilla un enfermo muy joven,
a veces gritaba y aleteaba con los brazos,
al lado unos voluntarios sonrientes
le van quitando los zapatos.
Tampoco hablan español.
En gestos me dicen que me quite las ropa,
a mi lado izquierdo una silla vacía,
a su lado, mi compañero el romano.
Él se queda en gayumbos,
lo que decía, le falta un rediario
y a él una espada corta,
yo llevaba un bañador como calzoncillos.
Esperamos.
Un letrero da instruccuiones
hasta en castellano.
Son sugerencias, oraciones,
invocaciones ad hoc.
frente a nosotros, clamado,
el joven paciente parece
un ángel lisiado que su semidesnudez
deja ver una sonda en el vientre
y un cúmulo de infortunios,
en todo el cuerpo, inmerecidos.
Cuelgo mi ropa y entro en un despiste global.
Es un caos de sensaciones y sentimientos
que me hacen olvidar mis peticiones.
Hay paz en aquel sitio.
No hay desesperación.
Es un camarote justo y lleno
pero no agobia.
Más que pedir por mi,
he venido a dar las gracias, pienso.
En mi ya se produjo el milagro,
ahora vengo a lavar los tejidos.
Es la piel y las mucosas,
nuestro papel de regalo.
Un envoltorio frágil que a veces
no apreciamos.
El tiempo y las secuelas
de los infortunios nos estampan.
Máculas, rugosidades y rotos;
rotos o descosidos del traje
que luego hay que volver a remendar
- no hay puntada sin hilo -
y en el zurcido ya hay milagro
aunque nos sorprendamos más
de un nuevo talón en unos calcetines
de hilo llevados a las carmelitas.
Me avisan.
Me levanto
Me dirijo a la cortina y
ante mi la bañera de granito.
Me desnudo tras una gran sábana blanca
y me la ciñen como una falda.
Está mojada y parece de lino,
dos hombres, uno a cada lado
me cogen de los brazos;
desciendo tres escalones.
frente a mi una imagen de la Inmaculada Concepción,
parece fluorescente, como la de mi infancia,
la que me trajo mi madre.
Me sueltan los brazos.
Uno las manos e inclino la cabeza unos instantes.
Vuelven a cogerme por los brazos;
me sientan y me levantan;
me sujetan.
Doy gracias a Dios.
Vuelta y me ayudan a salir de la pila.
Una vez fuera, me desatan la sábana.
Me pongo el bañador y salgo.
Pregunto por una toalla.
No  hay.
Ellos ya están a otra cosa
siempre sonriendo amablemente.
Para nada estúpidos;
francamente bondadosos.
Empapado como estoy, me visto.
El agua estaba a doce grados,
sin embargo no siento frío,
tampoco tengo sensación de humedad.
Me toco sobre la ropa
y me extraña esa sensación
que no puedo contaros,
de estar como seco sabiendo que estoy mojado,
y desde luego sin frío.
Camino a exterior.
Salgo del cobertizo hacia el sol que despunta.
No tengo palabras.
ando confuso hasta que
mi mujer y mi hija
me encuentran.
Ellas venían del baño de las mujeres,
Yo iba a llamarla al móvil
y antes de descolgar
me llaman y me abrazan.
Ella dice que ha llorado un poco.
Yo, en algún momento,
sólo hice pucheros,
pero me sobrepuse - le digo.
- ¿Es de emoción?- dice que le dijo otra mujer.
Ella afirma con la cabeza.
Está muy guapa.


© GatoFénix 


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