domingo, 9 de octubre de 2011

Abrazos: La trenza de la vida. Abrazos.




Como Ida y Pingala subiendo desde abajo,
Azul, rojo y blanco, entrelazados
vamos trepando por la maraña, clara y difusa,
cuando hace muchos meses de un abrazo.

Tiempo, amor y muerte…
olvido;
Recuerdo, soledad, calor…
cobijo;
Desamparo, frío, encuentro…
desencuentro;
Lío, confusión, memoria;
La cambiante corriente
de un río.

Tejer, unir trenzar, besar:
Oasis de recuerdos incompletos.
Rupturas y fracturas del curso;
Distancias que nos acompañan
Cada uno de nuestros días.

Volvemos al tiempo; al bálsamo del tiempo,
Verdadero suero de la verdad de las cosas.
Árnica del dolor incomprensible.
Cosas que supimos o sospechamos
Desde el primer instante que nos vimos,
Cuando creímos conocernos
En un flash de miradas.

Alguien se va dejando un hueco
Y después de llenarse de vacío,
algún tiempo,
cuando el cabo del frío lo rebasa,
alcanza luego el cabo de la muerte.
Y vuelve el tiempo a su lugar de origen.
Es una trenza la vida, interesante.

Las miguitas del “cuento” sirven
de alimento a los tordos y jilgueros.
Si algunas quedan, nos llevan
al origen de las cosas: el niño.

Verdades como puños que no vemos
por la eterna proyección de uno mismo
que enturbia lo más obvio y evidente.

Que el alma rota de un niño
tiene mala compostura; o
que el corazón maltrecho de una niña,
nunca entenderá el amor entre iguales.

El cabo de la muerte por el continuo
movimiento de unos invisibles dedos,
sube y baja como serpenteando
entre el amor y el tiempo.

El cabo del amor,
amor al cabo, abraza toda curva
que encuentre a su paso.

El cabo del tiempo une y separa.
El amor y la muerte avanzando
mientras alguna traza quede por unir.

Finalmente un lazo, porque si nos fijamos,
todo termina en un lazo.

- Ahora a una lazada, de cinta de un color,
le llaman lazo –
Pero un verdadero lazo…
un lazo verdaderamente humano, es un abrazo.
Un abrazo en el que el corazón
se sale por los brazos y palpita
en las palmas de las manos.
Nos salimos en caricias por las yemas de los dedos.
Y vale un solo abrazo para decir: te quiero.

Hay abrazos de cortesía;
ósculos de la paz; otros abrazos
de gente desalmada para sellar felonías.

Algunos, descarnados, llenos de pantomima,
no son sino abrazos de despedida.

Nos dice mucho un abrazo:
soltamos; Miramos para abajo
y despistamos como podemos y sabemos;
tal vez la mueca de una sonrisa,
sin mirar la niña de los ojos.

Cae el telón.
Fin de la farsa.

Después del abrazo sabemos
la clase de despedida: un hasta siempre;
un, no puede ser…
o el anuncio de una muerte definitiva.

Lo sabemos entonces.
No habrá más palabras.
Se nos revela que nunca hubo el amor necesario,
requisito imprescindible,
para poder comunicar nada.
Se terminó una farsa más.
Un nuevo aprendizaje,
una herida que el tiempo convierte en cicatriz,
dejando alma y corazón…
como la superficie blanca de la luna.

© GatoFénix
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