miércoles, 11 de enero de 2012

Gracias por tu abrazo yin.


Un abrazo de mujer, recuerdo;
desconcertado, un momento
expuesto a la pura energía femenina.

La puedo comparar a la vibración que irradia
una olla de barro con agua
para añadir al guiso del puchero
junto a los rescoldos, al pie
de las trébedes de hierro.
Me sentí dentro de una esfera;
Calor que no quema;
que huele a Heno de Pravia
y eau de Lancôme.

Era por esta época, invierno,
tal vez antes de vacaciones.
Una despedida en un anochecer temprano
en los soportales de la Plaza Mayor de Ciudad Real,
junto a la papelería Aspa, de toda la vida.
Era un Ciudad Real inhóspito,
pueblerino, oscuro y cutre
bajo el sayal del Obispo-Prior
de las órdenes militares de Santiago,
Calatrava, Alcántara y Montesa.

Un casto abrazo a un bisoño estudiante
inexperto, lúcido e infantil
plagado de complejos y falto
de las más mínimas habilidades sociales
- que se diría ahora -
inmerso, de sopetón,
en el sopor del desconcierto.

Esa noche se abrió una entrada
en el diccionario de sensaciones
ocupando un espacio preferente
en el boot de entrada de mi disco duro.

Poco importa el paso del tiempo,
de tanto tiempo.
De un tiempo que, a veces,
parece que no ha pasado.

Esa noche descubrí, por suerte,
que hay algo en la vida de un hombre
que merece la pena sentirse.
Un abrazo de mujer, que sin  mediar palabra,
me dijo todo lo importante.
Todo lo que tardé años en entender,
sin miedo a equivocarme.

Un regalo que hasta el día de hoy
no había agradecido.
Estas letras son mis torpes y tardías: “Gracias”

No recuerdo exactamente su nombre
era una compañera de clase,
parece increíble y a la vez
imperdonable. Pero así es.

Tenía el pelo negro,
lacio cubriendo sus hombros;
todavía esta sobre mis manos
su brillo y su textura;
los ojos verdes, luminosos
y muy grandes.
Era prudente y callada, como yo,
también tímida y …
Poco más sé.

Desde aquí,
subido en este tejado virtual,
sabiendo lo improbable que es
que me lea,
le envío mi profundo agradecimiento
por regalarme el aroma sutil
de su energía yin de mujer,
en un abrazo sin beso
que supo enlazar el tiempo
para dejarlo permanentemente
prendido en la nada.

Benditas las mujeres
que nos transmiten este don indeleble.

Por localizarlo en la línea del tiempo, creo que fue
cerca de lo de Carrero Blanco.
Verdaderamente entonces,
por donde aquello fue,
casi todo, era…
en Blanco y Negro.

© GatoFénix

2 comentarios:

Carlos Durán dijo...

Seguro que ella lo recuerda tambien, no te preocupes...

Josemaria Garcia Toledo dijo...

¿qué sabemos?