sábado, 4 de febrero de 2012

Pasamos el viento en un ¿qué hacer?




El viento siberiano que nos aqueja
estos días,
han puesto sobre el respetable
la cometa del invierno soberano.
Este frío nos contrae
y nos deja los sentimientos,
lívidos.
Esta enorme falta de calor
hace castañetear los dientes
y aletear la boca del estómago
sin control alguno.
Sobra el aire y falta la respiración.
Entreabrimos la boda porque
las fosas nasales se cierran en banda
impidiendo la respiración normal
nos encogemos de hombros
y a duras penas nos alimentamos
con una leve respiración clavicular de jadeo.

Vuelve otra vez a abrirse,
con enorme estruendo, partiendo
la noche de mi infancia en dos,
aquel ventanuco de madera gruesa y maciza
y rudos goznes que me sobresaltó
aquel invierno de Zafrilla
y por lo que supe tempranamente
del pavor de mi padre ante el viento.
Quedaron algunos copos de nieve
sobre la última manta de mi cama.
Desde la trinchera del colchón de lana,
hundido y embozado, recibí aquella ventisca
que llegó hasta la mitad de la estancia.
Mi cama parecía un Belén,
y en el abismo de mi izquierda
sobresalía de la negrura de la noche
un puñado de nieve sembrada a voleo,
como un cañonazo blanco
de una andanada de fogueo, 
y al lado, bajo la cama de mis padres
brillando la panza del orinal con el asa
como a menos diez…sobre él cayendo 
los flecos de la colcha como bolillos
o las pequeñas pesas de un reloj de cuco.

Aquel miedo en estado puro
vuelve de vez en cuando
recordándome la impotencia del hombre
ante las inclemencias de un tiempo atmosférico,
sin dominar por el hombre.

Pasamos el viento en un ¿qué hacer?

Las hojas caídas este otoño
revolotean o se esconden
por los rincones, a las entradas de las casas,
algunos instantes…
Vuelan en círculos, revolotean
como mariposas de obleas tostadas…
o caen;
Tropiezan con las cosas
o las rodean;
son trozos del pergaminos viejos
fuera de sitio.

Caer al suelo es
un ejercicio de humildad o la humillación
de la derrota.
Andar arrastrándose como por un rastrojo,
una locura sin control.

Es difícil vivir el tiempo del viento.
Parece que, sin respeto alguno,
nos cala el cerebro y nos alisa
las circunvoluciones del córtex.
Como si lo dejara plano y
aterrizáramos luego, refugiándonos
en esa nuez del fondo
que nos queda, de reptil;…y ya
no somos nada; somos
lo que queda de nosotros,
que decía mi padre, en su ancianidad.

Hojas arrastrándose volantonas y frágiles
esperando el aguacero definitivo
que nos macere;
nos enfangue y nos pudra
para ayudar, con esa cosa viscosa,
nada vistosa, al crecimiento de nuestros hijos;
los nuevos vástagos,
en una nueva, permanente
y hermosa primavera
alegre, amorosa,
verde y rosa.

© GatoFénix (“Por S. Blas la cigüeña verás”)

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