lunes, 19 de marzo de 2012

Vencidos los Idus de Marzo






 


Una vez vencidos los idus de marzo,
aparece en ruta,
dirección a Poyatos, un espacio nuevo,
en el tiempo de siempre renovado.
Los almendros en flor son los nudillos
que llaman a la puerta de la primavera.
O tal vez la propia mano, de ella,
que se nos tiende fragante
para salir del pasmo.
Una antesala seca y ventosa
nos zarandea como nunca,
como si nos reprendieran en nuestra infancia,
eso, sin haber hecho nada.
El vaivén, al lado del río Guadiela,
nos acompasa en el vals que nos acompaña,
levemente subiendo, surfeando
aquí, allí, aquí allí...
entre la admiración y el sobrecogimiento.

Atravesamos algunos agujeros en la roca,
horadados por el hombre, toscamente. 
Los pinos tiene el verde nuevo
que no arranca a oler aún.
Y entre el agua transparente, en escalones, 
viniendo de bajada, a nuestra derecha;
las rapaces que sobrevuelan o algunos cuervos,
pinceladas de tinta china en el azul celeste;
las piedras calizas del gris musgoso
al blanco y ferroso claro,
nos empasta un paisaje verde joven primavera,
como si transitáramos sobre un pestiño
cubierto de miel de romero
en una tosca fuente de barro.
Todavía queda azúcar glasé en el asfalto
junto a las lindes de la calzada
y mucha gravilla suelta como garbanzos duros
que se notan en la rueda trasera y nos advierten
sobre la precaución recomendada
por el sentido común.
Con tranquilidad, el pulso lento,
los ojos abiertos, flexible y suelto
como aconseja el caminar de un gato
sobre el caballete escarchado de un tejado.

Queda Poyatos a la derecha y enfilamos,
por carretera más elevada
mirando desde la terraza
camino a Beteta para repostar.
- No hay de 98: ¿Le pongo de 95?
Son lentejas - pienso.
Veremos cómo reacciona al cambio.
Reposto. Inicio la marcha
y tras muchas idas y venidas allí en lo alto,
atino a salir de aquella maraña
cuidando que los casi trescientos kilos
de mi montura no me den un disgusto 
en estas calles pinas y mal peraltadas.
Algo tiene esta plaza, que es la segunda vez que noto
como si me pinchara. Lo noto en los hombros. Cierto.
Ya abocado al campo
es como un balcón que invita a salir volando.
Literalmente sientes lo que sentirá un guacharillo
en su primer vuelo.
Allí todo abajo, una alfombra de estopa
y cáñamo para sobrevolarlo.
Tambien un poco miedo al fondo.
Salir de este entorno último, reconforta.
Volver a encauzar el camino a la querencia,
nos reconcilia a los dos.
La máquina y yo volvemos a ser uno
y el campo vuelve a ser abierto y sobrio
que sólo se permite de vez en cuando 
algún almendro en flor,
ya viejo,
y algunos hermosos olivos.
Empiezo a ver horizonte en el entorno
y el paisaje esculpido por los años
se cambia de vestido, 
como ahora está haciendo irreverente,
para abrir nueva temporada.
A veces, pasados los idus de marzo,
el tiempo parece que sonríe.
Y yo también.

© GatoFénix (En mi onomástica)



2 comentarios:

Sap. dijo...

.
Pero qué feo está el campo, Gato. No ya que esté amarillo pajizo como en verano sino gris, gris verdoso, color uniforme de soldado. La sequía y las heladas van a hacer de este primavera la más fea desde hace mucho tiempo.

:-(

Josemaria Garcia Toledo dijo...

Me refugio en los pinos, Sap. Los pinos que siempre están bonitos. El campo esta como dices, pero la zona que transito me encanta.
Gracias por tu visita.