lunes, 3 de diciembre de 2012

Aquel uno de diciembre...(I)

Hoy tengo la sensación
de haber redimido el día.
Porque, un uno de diciembre, como hoy,
salí de mañana en moto ...
y volví milagrosamente.

Era novato y salía por entonces
con otros moteros para foguearme.
Ellos, pensaba yo, me harían compañía,
en esas rutas solitarias por carreteras
de segunda llenas de sorpresas tempraneras.

Era aquella de las primeras vueltas
en mi moto recién comprada a un colega,
y que luego iría dando sorpresas.
Todo por fiarme, como siempre
La moto, una R100RS de BMW, gris metalizado.
"La de los pucheros" para los amigos,
preciosa como ella sola, en su fealdad.
Como una mujer madura, cargada de pecho
y estrecha de atrás; entre serpiente y camaleón.
Me gustaba sobre todo el cintillo a mano, rojo y blanco,
de su  armonioso depósito  entre mis piernas.

Fueron ochocientas mil pesetas, ahorradas una a una,
que me dieron un algo sin precio que me hubiera perdido
de no adquirirla y no sabría nada de este mundo fascinante.

Yo, con pantalón Bieffe de cuero casi rodillero,
hay que ver cuando uno empieza la de probaturas
hasta atinar y salir de ser globero, y la chupa, una cazadora
de cuero negra con dos líneas amarillas desde las hombreras
por todo el triceps abajo hasta la muñeca pasando por el codo.
Ya ni me acordaba y ahora me estoy sonriendo al verla.
También, de segunda mano. El dueño había engordado,
yo entonces gastaba una M tirando a L como un figurín.
No sé si tengo alguna foto y si la tuviera el pudor
no me dejaría subirla....Furigam era la marca de ella
y llevaba a la espalda un felino tipo jaguard muy oportuno
y en el pecho otro clon pequeñito en un circulo.
Total, treintaisiete mil del ala, que ya era una pasta.
El "yelmo" de aqueste caballero era un BMW System II
que hizo su función como Dios manda.

La mañana de niebla alta y frío meón me envolvía
junto a mi tristeza cuando salí de casa obligándome.
Estaba efectivamente en horas bajas, tan triste
que casi no estaba en mi y ... como aturdido.
Pareciera que los planetas de mi carta
se hubieran confabulado contra mi
o tal vez, me preparasen una prueba.

Empecé la ruta sin ilusión, no diría que con miedo,
pero sí como apercibido y con recochura; diría
que como cuando llevas el hato pegado al cuerpo
como si cargases con un jergón de paja y envuelto
en una manta de mula con olor a polvo seco
caballeriza y heno tibios.

Más que una salida era un escaparse, como una huida capada;
una carrera corta de cabra montaraz atada a estaca
que la encabrita al límite de la cuerda y la tumba acencerrada.

Ellos empezaron a tirar, como era su costumbre,
porque era su ruta habitual desde hacía años y yo
casi me la encontraba de nuevas.
Yo iba el último, casi a su paso.
Me fueron pasando retozando y yo amarrado a aquel fierro
iba rebotando y saliendo como podía de cada situación.
La carretera, que nunca me gustó, era estrecha, de firme variado
y alternando zonas rectas con zonas de curvas entre arreates, majanos,
pedrizas, olivares, majuelos, carrascales y campos de liego.
La mañana olía dulce como a humo de encina o de sarmientos verdes.
Se llegó a la Ossa y de allí tomaron la de El Bonillo.
El paisaje era más abierto y más de monte bajo.
De ahí se gira a Viveros para llegar, en la carretera Albacete Jaen,
a El Jardín que era donde almorzaban.

El tramo estaba en obras, había trozos de nuevo asfalto rugoso
y tramos son hacer y otros tan recién hechos que conservaban
la grava en las lindes con la tierra y los matojos.
Justo por ahí y en esas circunstancia se presenta una curva a izquierdas
y yo a más de lo que podía controlar, y en décimas de segundo
antes de tumbar y resbalar en la grava decidí
levantar la moto, clavar los hierros mientras hubiera asfalto y
luego más lento, salir por la tangente de la curva.
Me puse de pie en los estribos y bajaba bien el terraplén,
porque había un terraplén de un par de metros de talud,
pedregoso con hierbas de invierno y el suelo mojado,
hasta el final que se paró en seco abocicada en una acequia.
Salí por las orejas llevándome con el pecho el carenado
llegando a enderezar un par de tubos del calibre de un dedo mediano.
Volé unos metros y daría alguna vuelta de esas que hacen los acróbatas,
que ya serían cinco metros, al menos, hasta que tomé tierra,
con no sé qué parte del cuerpo incluyendo mi cabeza y quedando
postrado, hecho un reguño hacia la izquierda,
justo al lado de un pedrusco del tamaño de una silla baja de anea
sin respaldo.

© GatoFénix (... continuará)




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