viernes, 15 de febrero de 2013

De la ceniza a San Valentín


La vida: esa barca loca que nos mece desde niños
ha puesto esta semana,  en una lado ceniza en la corona,
en el otro, una carta de amor de una adolescente.

Allí estaba en el asiento de mi sillón,
frente a mí la clase de alumnos, sonrientes.
Tomo aquella hoja de bloc doblada tres veces
y la guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Abro mi ordenador y paso lista como todos los días.
Ellos no saben que es mi último San Valentín en el tajo,
perdón, quiero decir, en este que fuera un maravilloso trabajo.
A pie de obra, con la tiza en la mano y los cuadernos llenos,
llenos de garabatos y rayajos.

Dimos la clase como siempre, tal vez mejor.
Hoy toca el predicado y sus complementos.
Seis ejemplos variados  en la pizarra y
en sus caras veo su entendimiento.
Avanzan como la diligencia en tierra de indios;
caminan al galope saltando baches con el estrés
de la ignorancia y los sueños de los pocos años.
Algunos tropezaban con los tiempos de los verbos,
otros, con el sujeto que lo sacaban de quicio,
y algunos, se sorprendían que iban entendiendo
el rosario de palabras que son todas las oraciones.
Es la hora sexta. Ya están cansados, pero se mantienen
alegres, porque es San Valentín y empiezan a tener
secretos amores…
como el de este papel anónimo:
hoja del último otoño que acaba de partir
en dos, un año en el que, el día veintiuno de diciembre,
presenté, en otra hoja manida, mi solicitud de jubilación
casi voluntaria.
Las circunstancias son, un Arco Iris de luces y sombras
que nos hacen pasar por el aro de las horcas caudinas.
Esa hoja póstuma, del otoño de 2012, pásaba página
y daba comienzo el invierno más largo de mi vida.
Hoy, sin embargo, este mensaje anónimo, es
como la flor del almendro,
un reconocimiento de amor
en un papel cuadriculado de bloc escolar
que reza así:
Para el mejor del mundo – y más abajo –
Jose María – y luego –
Un corazón, dibujado.

© GatoFénix (Muy agradecido a Dios, que juega con nosotros constantemente)

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