domingo, 3 de febrero de 2013

Nana en un sueño imcomprensible

Pasa el tiempo o nosotros o las dos cosas a la par,
y no nos damos cuenta de la riada, diada, de cosas
que nos arrastran por donde no queremos ir por donde nos lleva.
A veces, sólo el sueño, nos pone en un lugar, tal vez, el nuestro
que no sabemos despiertos y olvidamos dentro del sueño.
Es como ninguna parte, tan manido, pero que no sabemos decir
cómo denominar con precisión.
Una noche de estas, dentro de este largo silencio (perdón)
voluntario condicionado por lo anteriormente dicho, en clave.

Telegráficamente os diré que las sombras de siempre
no dan tregua a la gente corriente que no juegan en su equipo.
Vuelvo a esa noche mencionada y lúcida en la que el sueño
me envolvió de tal manera que desperté con esta nana en los labios:

¡Chiquitín, Chiquitín!
Hoy te quiero cantar
con los pies en el quicio
de la orilla del mar.

¡Chiquitín, Chiquitín!
Yo quisiera volar
con tus alas de plata
al lugar donde estás.

¡Chiquitín, Chiquitín!
Tu sonrisa es cristal,;
tus pucheros de barro
me arrebatan la paz.

¡Chiquitín, Chiquitín!
de este sueño infernal
¿A qué viniste esta noche?
¿Qué me has venido a contar?
¡Chiquitín, Chiquitín!
Voy a echarme a llorar
por esta cara tan triste
que tiene papá y mamá.

Era en un pueblo antiguo, que caminaba por la plaza
y entré en una casa, de esas que tienen la puerta de la calle
con cristales y visillos, porque es como una sala de estar.
Sentada en un sofá estilo Luis XV de tres plazas en el centro
- era un sofá con los tres apoyos de la espalda forrados
en tela brillante de florecitas en fondo verde pistacho -
Yo me encontraba de pie, apoyado en mi codo izquierdo
en una mesa alta como un mostrador, frente a ella.
Había otra mujer de pie, tras el sofá, a su izquierda.
La mujer sentada en el centro se dirige a mi:
- Tienes un elemento en la sangre como un retroviu,
que lo están investigando ahora - debió ver mi cara de asombro -
Es muy raro pero no es peligroso - y siguió -
Cura enfermedades.
Yo no sabía de qué hablaba.

Empieza a venir gente de la calle:
primero una joven, un poco obesa,
que se sienta a su lado izquierdo.
Luego llegan tres más y así
hasta que llegan a estar en el recibidor
ocho o diez personas, todas mujeres.
Una de ellas va al interior de la casa
por un pasillo con puerta acristalada
que sale de detrás del sillón, a su izquierda.
Al poco, aparece con el matrimonio.
Nadie habla, pero sé que él, era un maestro
y las mujeres de la sala fueron sus alumnas.
La pareja, uno junto a otro,
el hombre a la derecha de su mujer,
permanecen de pie junto al respaldo izquierdo
del diván y entonces, sin mediar palabra,
comienzan a cantar esa nana:

¡Chiquitín, Chiquitín!
Chiquitín dónde estás
que nos dejaste tan tristes
como si no hubiera pan.

¡Chiquitín, Chiquitín!
a la orilla del mar
con la sal en los ojos
yo te quiero abrazar.

Me incorporé al coro y se fundía mi voz con las de ellos,
y a veces, sobresalía vibrante, embargada
de una solemne tristeza.

¡Chiquitin, Chiquitín!
hoy te quiero cantar
aunque no sé quien eres
ni el lugar donde estás.

El padre, con su chaqueta, digno y callado.
Lloraba por dentro pero emanaba resignación,
la mujer no atinaba a cantar sólo balbuceaba.
La atmósfera era...así.:
Densa, triste, gris, esférica, tibia, amorosa y envolvente.
Y así, con esta nana y con un nudo en la garganta
desperté.
Hoy, que es S. Blas de 2013, os lo cuento.

© GatoFénix

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