miércoles, 14 de agosto de 2013

Acercarse a Fátima.




Acercarse a Fátima después de un largo viaje
lleva un tiempo. 
Caída la noche en la que el cuerpo cansado
termina por doblegarse,
sintiéndose, uno, poco a poco,
de un tejido nuevo y antiguo,
en donde el tiempo vuelva a jugar el papel
del telar que teje el tapiz de la historia.
A veces alfombra mágica que vuela,
sin tocar las cosas haciendonos pasar sobre ellas
o entre ellas, para que ellas
acaben siendo nuestras como si hubieran sido
más que nuestras, nosotros, desde siempre,
antes de tener razón y juicio para apartarnos
de nosotros mismos y reconocernos.

Fátima, parece una isla, un promontorio,
que a fuer de elevarse y retorcer los caminos
asciende y se aleja del entorno,
como si le fuera ajeno.

Todo esto no se ve; se siente.
Porque más allá del círculo de luz
que proporcionan los faros, todo es pez
que calafatea el límite de los sentidos.

Llegar es un tiempo que parece eterno y sólido
y a la vez te vas haciendo liviano y despejado.
En muchos momentos llegar a temer que estás perdido
o que tal vez todo lo estás complicando por ignorante
y que sólo la fé te sustenta.

Al abrir la ventanilla del coche te llegan
algunas fragancias vagamente húmedas
en las que no destaca alguna nota sobre otra.
En algún tramo levemente a pino mezclado
con el perfume genérico a vegetal que empieza
a ducharse con la brisa para quitarse los sofocos del día.
Casi no predomina, en su equilibrio,
el aroma femenino de la tierra en la que,
poco a poco, nos van zurciendo unas mános hábiles
invisiles y maternales que nos están haciendo
ser parte del paisaje.

El cartel de Fátima aparece un instante indicando
que ya estamos cerca. Luego, no hay más.
Pero... al poco otro nombre: "Cova de Iria" nos anuncia
que hemos llegado milagrosamente.
Justo cuando pocas horas después,
amanecerá el primer sábado del mes de agosto.

© GatoFénix


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