viernes, 4 de enero de 2013

Aquel 1 de diciembre (II)

Aquel 1 de diciembre II (Continuación)



Se clavó la rueda al final del terraplén;

volcó hacia la izquierda y yo salí despedido

hacia adelante rompiendo con el pecho en mi trayectoria

la cúpula del carenado.

Volé unos metros, tal vez cinco.

No sé con qué aterricé.
Recuerdo el olor y el tacto del suelo.
Sigue siendo blando, gredoso; 
gris y resbaloso.
Miré al cielo.
Por un instante distinguí una luz intensa y difusa.
El cielo se hizo nácar y no sentí nada.
Tampoco sé cuánto tiempo después;
Instantes, segundos, minutos…no sé
enfoqué el circulo donde se ocultaba el Sol
tras una espesa capa de tul blanco satén iridiscente,
que antes fuera niebla y que hasta sudario
hubiera podido ser aquella mañana.

Me incorporé.
A mi izquierda, como a medio metro,
la piedra cuadrangular que dije.
Era un pódium vacío, de uno sólo;
el vencedor caído a su vera,
era, una paradoja fangosa.
La sensación es que estaba entero.
La pantalla manchada de barro,
arriba a la izquierda.
El frontal había impactado en el suelo
de tal forma, que la bisagra de las gafas
había golpeado el centro de mi ojo izquierdo.
Luego apareció un hematoma como una lenteja
pero veía bien.
Entonces llegaron mis compañeros.
Me ayudaron a levantar la moto,
roto el carenado y enfangada,
y también, a subirla a la carretera.

La palanca de cambios estaba partida por la mitad.
Arrancamos, engranada la segunda con la mano
Y así, ciento cincuenta kilómetros
hasta mi casa, sin poder cambiar de marcha.

Gracias a Dios, sólo hubo daños materiales:
Un carenado nuevo; la maneta izquierda,
la palanca de cambio
y el depósito de gasolina abollado.

Personalmente, sólo fui al oculista.
Dijo que había habido suerte,
que no encontraba daños, y que... se absorbería.
Al día siguiente de aquello era lunes.
Fui a dar clase como de costumbre, aunque,
casi no podía respirar.

Tenía el pecho como el peto de un romano;
Y hasta hace unos años, al apretar mi esternón,
Sonaba un clic como el de algo
que andaba suelto en las costillas flotantes.
Aquel dolor en el pecho
Me duró un mes; 
la tristeza, años...
Y el recuerdo, hasta hoy tal como os digo.

Aprendí muchas cosas ese día
Y creo que desde entonces me quiero más,
tal como soy o como he venido a ser poco a poco.
Me agradezco, cada día, haber tenido el valor de levantarme
y seguir adelante como un juguete roto
sobre otro juguete roto. Mejor,
como un juguete abandonado
sobre un juguete maltrecho.
No fueron molinos esta vez, Sancho,
fue más bien lamer el fango y descender
a la realidad de lo real.
Como el pajarillo que voló tan alto,
que se heló y cayó al suelo congelado;
y lo revivió el calorcito, 
porque lo cagó una vaca
que allí pastaba.
Lo milagreó sin inmutarse,
y pienso que,
 seguiría dando leche sin darse importancia.
Porque le importaba una mierda el pájaro.

Desde entonces, somos la moto y yo, 
una alianza de paz y bien.
Cómplices, ambos, en la tarea de navegar
el tiempo y el mundo,
hasta que Dios quiera.
Y así andamos, bendiciendo el mundo
a nuestro paso, dentro de él,
por todos los caminos de las diferentes
estaciones de la vida.

© GatoFénix (2 de enero 2013)