sábado, 22 de febrero de 2014

La retaguardia en la Guerra Civil: testimonio directo.

Mi abuelo era, según me dijo, republicano de izquierdas.
Eso debía ser inusual en aquellos años en Motilla del Palancar.
Pero él era un adelantado a su época: su periódico diario, su odio al clero, sus negocios, sus viajes, sus pensamientos, su porte educado y su locuacidad en tertulias de casino.
Todo ello con un negocio boyante, a medias con su socio, de envasado y comercialización del azafrán.

Se había casado años atrás, creo que en el 1920, con mi abuela. Una joven agraciada de familia conservadora y muy religiosa, pero mi abuela se enamoró y junto a la circunstancia de pertenecer
a una familia numerosa hizo posible su boda con aquel caballero que en otras circunstancias no hubiera sido tan fácil.
Nace mi madre en febrero de 1922 y todo iba muy bien.


Adquirieron un Ford T, para realizar con fluidez y comodidad sus numerosos viajes a Barcelona que se había convertido en su mejor destino comercial.
Nace mi tía Carmen y los negocios estaban en su mejor momento.
Una familia feliz propia de una novela de los felices veinte con música de charleston y Josephine Baker en escena.
Mi abuelo agraciado y amigo del baile era el único inconveniente para la total felicidad familiar.
El hombre, no fumaba ni bebía, ni jugaba a nada, nunca lo hizo. Sus placeres eran la buena mesa y la vida social.
Llegó un carnaval cuando mi madre cumplía cinco años
y como el abuelo era un juerguista se fue al baile del Casino de la Constanza.
Mi abuela que parece para gastarle una broma, se disfrazó con unas amigas y fueron al baile a darle la murga.
El calor, el frío, los ropajes, la insalubridad, los humores, el acaloro, los cambios de temperatura, los malos humos, la jerga, los efluvios y la mala suerte, digo yo que hicieron que enfermara al día siguiente con fiebre altísima.
Le diagnosticaron pulmonía y como fatalmente Fleming, todavía no había dado con la penicilina, a los once días, murió.

Todo se vivió como un terrible castigo de Dios, que yo no creo, pero desde ese momento mi abuelo vivió errante sin cobijo moral y se rehízo como pudo.
Mi madre ya no supo lo que es una madre y ella se encargó de ayudar en el aseo y las tareas de la casa como en Cenicienta, porque al poco, justificado porque necesitaba una madre para la más pequeña de sus hijas, se volvió a casar.
Cuando hablé con él unos años antes de que muriera, ni me la mencionó.
Su amor fue mi abuela y todavía se le humedecían los ojos al recordarla.
Decía: ¡Macachis! y torcía la boca chascando la lengua. Luego se frotaba con el reverso de la mano el ojo derecho y luego se giraba hacia ti y te miraba como si viniera de algún sueño.

Ya estaban llegando rumores de que en la capital, Cuenca y en algunos pueblos
había desordenes en las calles y heridos y arrestados.
Mi abuelo "informado" por el periódico y manteniendo su postura, defendía hasta ese momento acaloradamente lo indefendible como ahora hacen muchos y por eso me lo recuerdan tanto.

Mi madre ya sufría en sus carnes uno de los efectos de la guerra civil; los dos bandos. Pero como siempre todo puede ir a peor.

(Seguiré cuando pueda)
© GatoFénix

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