martes, 18 de marzo de 2014

Afinando la orquesta



Esta mañana...
He vuelto a asomar la cabeza,
lleno de invierno, casi enrobinado.
La vida tras el letargo brota en flores
de almendro por todas partes:
en el patio de casa,
en las laderas de los montes y
al lado de la carretera.
El Sol brilla y deja expuesto,
a los ojos de este motero, la desnudez.
Así, vemos campos cenicientos,
troncos negros de árboles sobrios,
troncos de otros con grotescas formas
y alguna pelusa verde prometiendo
echada en el suelo.
Los pinos destacan completos
con sus verdes penachos perennes;
en hileras vigilan los álamos,
con los huesudos dedos de sus manos,
peinando la brisa mirando al cielo
tan lleno de azul que ni cabe una nube, ni una hilacha
esta mañana.
Otros, sorprenden porque parecen nevados,
nevados o levemente rosas, en los que adivinamos,
como en Durcal el intenso aroma que encontré
a mis dieciocho años, embriagado de miel,
después del viaje en tranvía.
Era Granada entonces mi casa temporal
y esa parte de vida, preciada como un tesoro,
me ha nutrido hasta ahora como un presente
incomprensiblemente vivo y, a la vez,
ausente.

Relajado, ligeramente inclinado hacia adelante;
vibrante y vivo, me deslizo: conduzco,
como un director de orquesta,
manejando a sus músicos entre los pentagramas;
en hojas de unos árboles esenciales: los atriles;
midiendo los tiempos para crear acordes y armonías
cada compás, cada centímetro de papel pautado,
convertido en kilómetros de asfalto,
a veces, papel taladrado de pianola con sus señales,
sus relieves y paisajes, inequívocamente de Vivaldi
en esta primavera.





© GatoFénix



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