miércoles, 23 de julio de 2014

Recuerdos indelebles: Zafrilla

I
De aquellos veranos de mi niñez zafrillana,
tengo recuerdos indelebles.
La escuela era para mi una parte de mi casa;
no, una segunda casa; era, parte de mi casa.
No era parte de mi vida, yo diría que era
como mi vida misma.
Me parecía un mundo fascinante, un encuentro,
que daba miedo a un niño tan pequeño;
un espacio mágico con elementos que eran familiares
pero a la vez únicos, como los pupitres.
Aquellos cuadernos, tamaño octavilla,
de pastas verdes y rotuladas: Cuaderno;
La tinta Fix, ¡Por Dios!
ANTIGUA CAJA DE TINTA FIX - CON LA TINTA E INSTRUCCIONES DENTRO - AZUL-NEGRA (Botellas, Cajas y Envases - Cajas y Cajitas Metálicas) 
que diluíamos en los tinteros blancos, de china;
las plumillas de mojar con las que dibujamos
nuestras primeras letras y un lujo...los colores Alpino


http://pictures2.todocoleccion.net/tc/2008/11/12/10683434.jpg

Era para mi, que era tan pequeño, un mundo desconocido.
Las mesas colocadas en secciones:
unas a la derecha del maestro bajo las ventanas;
otra fila de ellas a la izquierda de la mesa del maestro y atrás,
colocadas transversalmente, nosotros:
los más pequeños.
Hacía frío en invierno y con una estufa
que daba más humo que calor
pasábamos los días escolares,
ahora recuerdo, como si no fueran a terminar,
como si no fuéramos a ir a ninguna parte.
Sin embargo, no recuerdo muchas ocasiones
en las que el silencio y el murmullo,
las risas calladas y los otros,
nos hicieran estar más vivos
aunque pareciéramos dormidos.
Eran mis momentos sociales.
Ser hijo del maestro y tan pequeño no era cómodo,
ni tampoco era fácil tener amigos.
De hecho, recuerdo una infancia solitaria y familiar
de paseos con mi padre o con la hija de Isabel
y mi hermano Fernando, cuando abría el tiempo.
El molino, la fuente del Tío Peseto o las eras.

En aquel entonces nos mandaba el Gobierno una mantequilla
de no sabía qué país para que nos quitáramos el hambre
de la tarde; y más adelante, años después, un queso naranja
que venía en latas y también leche en polvo.

Y esto es lo que no he olvidado y quiero contar.
Eloy, un chico que era mayor que yo,
y que creo era hijo del carpintero,
una tarde me regaló una paleta, hecha por él,
para untar la mantequilla en el pan.
Lo recuerdo con sus pantalones cortos de pana negra
y una especie de chaqueta con chaleco abajo y camisa.
Se acercó callado, era muy callado siempre,
y me la dio en la mano.
Puedo decir que sin verme la cara, me supongo,
lo que llaman ahora "ojiplático".
Pasé mis dedos por la hoja que estaba pulida;
tenía la punta redonda y el puño,
un poco más grueso y redondeado del tamaño de mi manita.
Es un recuerdo indeleble ese momento.
La olí y olía a madera de pino
y lo miré con enorme agradecimiento.
Ambos estábamos con la cabeza agachada.
Igual no dijimos nada, como hacemos frecuentemente los hombres.
Alguien, de lejos, podría recordarle la imagen el cuadro de los trabajadores
del campo a la hora del Ángelus, de Millet.

Pero sin llegar a tanto, aún, mi corazón
recuerda ese regalo como un don inesperado
...y sigo agradecido a mi amigo Eloy.


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© GatoFénix



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