martes, 29 de julio de 2014

Vicente y la llave del cura. Zafrilla II

II
"Vicente y la llave del cura"

Un día apareció el cura por la clase.
Entraba pocas veces, que yo recuerde.
Todos nos pusimos en pie.
Llevaba una sotana negra
bajo la cual asomaban un poco la vuelta de los pantalones,
los calcetines negros y los zapatos también negros.
Habó unas palabras con mi padre,
dijo que nos sentáramos y arrancó a hablar.
Estaba de lado, a su espalda la puerta,
a la derecha el maestro en su mesa
y a su izquierda, nosotros.
Desde el principio, los más pequeños,
éramos inexistentes, la cosa era para los mayores.
Se oían volar las moscas
y me fijaba como subían y bajaban
la fila de botones que caían sobre su barriga.
Gesticulaba y levantaba la voz.
Estaba muy enfadado.
Vino a contar que en la clase se encontraba
el que había robado unas manzanas de un árbol.
Sermoneó sobre el acto de robar
y acusaba a todos mientras miraba a alguno.
Él sospechaba de un alumno de los mayores
o tal vez lo supiera desde el principio,
o puede que lo fuera concretando mientras
nos echaba aquella filípica.
Lo cierto es que al fin llamó a Vicente.
vicente salió de las primeras mesas
cabizbajo y compungido.
Todos éramos pobres, eran tiempos de esos
que no se olvidan y que nos hacen ser ágrios todavía
con los que alegremente llaman a las revueltas
incluso mencionan la guillotina o la guerra,
siempre es para ellos una guerra justa
casi inevitable porque tienen libertad.
Y la tienen pero a partes iguales tienen ignorancia y maldad
porque no han pasado hambre.
Nosotros como Vicente no sabíamos lo que era el postre.
Veíamos una manzana o una nueces
o algún pero enano o moras
o bayas rojas de los arbustos.
Y en cosa de verde, aquellos panecillos
que nos comíamos de los cauces de regueras
o en los ariates donde crecía las malvas.
No sé si se saltó una tapia y cogió una manzana
lo cierto es que así lo daba por hecho el cura
y encarándose con él le dijo de todo,
y no contento, le golpeó la espalda con la enorme llave de la iglesia
mientras Vicente se agachaba y se protegía con las manos.
Mi padre estaba descompuesto, sorprendido
y vi cómo Vicente empezó a sangrarle,
no recuerdo si la nariz o si era que sangraba por la boca
dejando hasta la puerta unas salpicaduras según salía.
Yo estaba sobrecogido de espanto.
Tal vez recordé cuando sangró mi hermano Fernando,
al caer por las escaleras...
y que me llevé las culpas, los alpargatazos y el castigo
en el cuarto de las patatas, por no cuidarlo bien.

Era aquel cura D. Román Sarrión Plaza;
el mismo que, bautizó a mi tercer hermano,
no se si en una tarde noche de coñac
o por pura tontería de él y de mi padre
como: Jesús Melchor Garpar y Baltasar,
más luego los apellidos.
Y se quedaron tan frescos, y mi madre un disgusto...
Pues así reza en su Documento Nacional de Identidad.

Tampoco olvido a Vicente y eso que desde
aquel día no volvió a pisar la escuela;
y lo veo muy normal, porque yo
hubiera hecho lo mismo
en su caso.

© GatoFénix

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