lunes, 18 de agosto de 2014

2014 - 500 km de paseo en moto a Zafrilla

Tomé la Piaggio esta mañana y me dirigí a Zafrilla.
La mañana del 17 se presentaba agradable
una brisa fresca y un sol de color de agosto,
como los girasoles de algunos campos.
A veces, pequeñas telarañas de nubes
lo empañaban un poco, pero todo a mi paso
era radiante y hermoso.

Comencé, como siempre hago,
repitiendo los mantras del Ave Maria
que con tanto acierto insertó Santo Domingo
conformandoel rosario católico que conocemos.
En esa atención estuve hasta Sacedón,
donde, una sacudida de olor cenagoso
penetró en mi casco y me puso a tierra.
Estaba enhebrando los túneles y sobre la presa
contemplé unos instantes, a derecha e izquierda,
la belleza del sitio como un camino de luz y pinos.

El paraje es encantador y no te cansas de ir una y otra vez,
y siempre lo veo como si fuera la primera.
Abro la visera del casco y se me llena de pinos
antes de entrar a negociar las últimas curvas.
Subidas y bajadas, deslizándome.

En mi mente, entre tanto, estaban mis padres,
porque iba a donde se conocieron y donde, mi madre,
 me tuvo a mi como el primero del resto de los hermanos.
Volvía a la casa primera y recordaba cosas que pretendía reencontrar,
ignorando si habrían muerto.

Ir en la Piaggio X-10 350 es ir de paseo.
Te hace sobrevolar, bajito, lo negro
sin sobresaltos ni grandes emociones.
No es la sensación de la BMW K1200GT
pero te engancha su practicidad y cumple a la perfeción,
con exactitud suiza, la hora de llegada, prevista por el navegador.

Rodeo Cuenca que veo a mi izquierda
encaramada en la sierra con el Sagrado Corazón de Jesús
coronándolo todo.
Me dirijo a Teruel y me abrazan, intermitentemene,
campos de girasoles que me observan con su ojo de Polifemo
sorprendidos, como cada agosto; mientras, otros se agachan
tristones y dejan paso a los maices de verde picante bebiendo,
del agua que llueven los riegos y
que forma Arco Iris al contacto con el Sol.

Pronto cambia el paisaje alcarreño-manchego
y las curvas de esta "Toscana española" se ciñen al curso de un río;
y los pinos y las rocas calizas anuncian que entramos en otra película.
La temperatura sube hasta los veintisiete grados.
Esta parte de carretera se presenta verdaderamente hermosa.

Buen firme y todos los duendes del pinar danzando a mi alrededor
rodeándome en un respetuoso abrazo desde una prudente distancia,
como para no agobiarme.
El cielo, por aquí, es, totalmente, azul zafiro radiante.

Mi cabeza bullía en pensamientos.
Hablaba en mi interior con unos razonamientos
que temía perder para llevarlos al papel.
Echaba en falta un grabador de discursos mentales
porque si lo grabara verbalmente,
se escondería entre el ruido interior del viento.

Se anuncia Cañete y el paisaje, decidídamente de sierra,
embarga y nos pide atención.
Algunas curvas en bajada requieren decisión en los frenos
y un buen tiralineas en las trazadas para que todo siga
dentro de la suavidad que nos ha traído cerca de mi antigua casa.

Al poco se nos presenta una disyuntiva:
Tejadillos o Zafrilla.
Giro a la derecha y entro en los últimos kilómetros y pienso,
que aquello lloviendo o con viento...y no digamos nevando
podría ser muy peligroso, pero hoy hace un Sol luninoso.

Es un tramo de carretera nueva para mi.
En mis tiempos de niño no existía y el trayecto
se debía hacer a lomos de caballerías por otra senda,
que yo desconozco y que fue por la que mi madre, con mi padre,
transitaron justo unos días antes de nancer yo.
Decía muchas veces mi padre que tuvieron que ir parando cada pocos metros
porque mi madre no podía caminar que ya iba fuera de cuentas.
Era un viaje obligatorio para tomar el autobús narizón,
que salía de Tejadillos, y que nos llevaba a Cuenca,
llenos de la picaduras de las chinches de la fonda.

Esa ruta, años después, la hice dentro de un serón, cada vez que nos ibamos
a pasar las vacaciones a Cuenca a casa de la tía Eufemia y la tia Piedad.
Vivian entonces, ellas, en una casa alquilada con un balcon,
que daba a la Plaza de los Carros.

Terminado el repecho comienza una bajada con curvas suaves y ya,
marcando el GPS que faltan seis kilómetros, se ve el pueblo como derramado
hacia nosotros.

A la derecha queda un valle, que aparece en mis sueños muchas veces,
donde recuerdo en las tardes de paseo con mi padre, en mis primeros otoños,
se ponían a destilar espliego.
Instalaban unos enormes calderos con alambiques de latón llenos de las plantas
y al aplicarles calor el perfume inundaba el pequeño valle con aromas de lavanda
imposible de olvidar.

Finalmente entro en el pueblo y me dirijo a la casa de Isabel,
por si hubiera alguien.
La casa está cerrada y la cancela tambien.
No hay nadie.
Contemplo desde arriba el lavadero y doy media vuelta en la calle empinada.
Por esta media vuelta, he traido esta moto y no la BMW K1200GT
y ha sido un acierto.

Me dirijo a la plaza y detengo la moto aparcándola con la pata de cabra
frente al Ayuntamiento de Zafrilla, que era donde yo viví aquellos años.
Converso con unos vecinos que allí estaban sentados  y casualmente pasa
la señora que me podía abrir la puerta de la exposición y amablemente me la abrió.

Me sumerjo en el tunel del tiempo como un superviviente.
Me reconozco en alguns imágenes y encuentro escenas costumbristas
que yo tengo guardas desde niño...
"como oro en paño"

© GatoFénix  17 de agosto 2014





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