viernes, 7 de noviembre de 2014

Señorío de Molina de Aragón: Una experiencia de soledad.

















 Todo estaba profusamente coloreado
de amarillos y verdes otoñales.
Primero la mañana mientras se desperezaba
iba dejando retales de gasa transparente
sobre los campos luego descubiertos.

Aparecemos y reconocemos el pudor de campo.
No es el descaro de la primavera
ni la dureza y rotundidad del verano,
estamos en otoño y ahí las cosas son más humildes y sutiles.
Hay que buscar en el suelo las notas que dejan los árboles,
no es sólo hojarasca como los periódicos diarios
son más bien como las hojas de un almanaque
donde hemos anotado nuestra vida cada día.

Todo por los suelos...,
a nuestro paso, sonando como cáscaras de almendras,
vuelan las mariposas muertas de tantos sueños...

Saludable es el otoño a la edad correspondiente;
saludable ve esta metáfora de la vida que nos ilumina, el viajero.
Una vela encendida en esta noche oscura del conocimiento,
nos despierta y nos ciega, secándonos los ojos,
este Sol tan de hojas muertas, a eso de las doce.

No sabes describir lo que sientes solo absolutamente
en estos bonitos parajes del Alto Tajo y por Molina.

A veces, claustrofobia; a veces agorafobia.
Te saltan los pensamientos como ranas, y mientras,
tratando de conducir entre el barullo de ellos
y el asombro de las estampas insolentes del pedriscos
las arboledas y las aguas que se sienten
como viajan a nuestros pies, cristalinas.

Respirar la intemporalidad fijos los ojos en el castillo de Molina.

A los pies de la falda que se extiende hacia nosotros,
un tractor se nos aparece como Wall-e
haciendo sus faenas, como ajeno a su conductor.

Nos vuelve el presente de un bofetón y se nos presentan
nuestras decrepitudes al mover las piernas o retrasar el culo
para recomponer el cuerpo al arrancar de nuevo.

Cada otoño es distinto porque somos distintos.
Salvo por un incendio, o guerra humana mayor,
el campo no tiene tiempo, sino estaciones;
y cada ciclo se cierra en si mismo, naturalmente,
comenzando el siguiente.
Me encantan los árboles por eso,
algunos más como los pinos por su olor,
pero no quedan muy atrás los estos, 
que a cada uno le encuentro un encanto.
 Estos que nos dejan sus hojas como alfombra
o aquellos del fondo que parecen amagarse
cogidos al pedrisco entre jaras y espliego.

Siento la necesidad de parar y abrazarlos.
De espaldas, nos limpia y nos protege;
nos ayuda a llevar nuestro madero para subir al Gólgota.

© GatoFénix 


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