jueves, 5 de noviembre de 2015

El mismo otoño como espejo.


Obra sin nombre del pintor Manchego Fermín García Sevilla

Mira que no quería escribir, porque me puede 
la pereza y la morriña de este otoño.
Apago la televisión harto de mentiras indecentes
de personas que cobran de nuestro sudor
y que tiene la poética patética de la maldita guerra que los parió.
Este odio de crianza en barricas de ignorancia, 
ha alcanzado un alto grado de perversidad
y una ínfima calidad del producto.
Es el presente que nubla los días más que las nubes
pero no puede con la limpieza de los espejos
donde se miran cetrinos casi dorados verdes
de las hojas de tantos libros enhiestos de las riberas
empujados desde arriba por el rojo de una tierra
que más parece sangre vieja al sol de un corazón abierto
bajo los tomillos y las hierbas grises, 
como sobrio plumón de una altiplano donde
podríamos adivinar alguna liebre o algún conejo.
Mirar, en ese espejo del cuadro, duplicar el cielo
y repetir sonriendo el temblor de unas hojas,
sobre la superficie cruzada como por un cometa,
tal vez la estela de un ave que limpia sus patas
o la herida abierta de un tapiz que cubre lo oculto,
lo insondable, lo que todas ellas saben desde la primavera.
Que tienen los días contados, que les quedan dos telediarios.
Y con eso, nos traen mejor que nadie nuestra verdad.
El otoño nos la trae para enseñarnos,
 la caducidad.
La esplendorosa caducidad, dorada y ocre.
Cómo de forma natural, sin estridencias
 nos enseña, la madre tierra y sus hijos los álamos,
el cambio permanente de las cosas.

Πάντα ῥεῖ; "Τodo fluye" decía Heráclito

Y todo fluye.
Nosotros, somos parte de ese todo.
Aunque pasemos toda la vida jugando al escondite.
Delante de este magnífico espejo perdemos
el sentido del tiempo y nos vemos mirando
tantas veces. Tantas veces, tantas,
que apenas somos conscientes, en un momento:
qué fuimos, cómo fuimos y con quienes fuimos.
Se nos amontonan los recuerdos y se nos superponen;
se pegan y se enredan, plegándose sobre sí, 
como el film transparente que el carnicero 
enrolla sobre el kilo de chuletas de cordero
en la bandeja blanca de porexpan:
Pues así, como queda detrás de la bandeja.

¡Las veces que he pasado por esa curva, con mi moto!

Cada una de ellas vuelve una y otra vez
como la primera.

Y todas las personas que quise y me quisieron querer,
las que me acompañaron, tantas veces,
 junto a una sartén de gachas
y un plato de chorizos y torreznos.

Todo eso me viene junto al cuadro,
y está ahí, al lado y por supuesto
 dentro de mi.
Son los oros de mi otoño.

A veces pintaron bastos;
espadas, las que menos...
y gracias a Dios,
también hubo copas.

© GatoFénix 


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