martes, 27 de octubre de 2015

Le debo unas palabras a este otoño.

Obra de Ángel Pintado Sevilla
--..--..--..--..--..--
Le debo unas palabras a este otoño.
Es este otoño de dos mil quince,
 eminentemente silencioso.
Se nos fueron llenando los ojos de la última luz de los Arcángeles
y el veranillo de San Miguel era el estrambote del último verano.

Y se fue colando el otoño 
tirando el oro por los suelos
en calabazas y pámpanas en el campo, como las obleas 
crujientes y luego ronchonas, 
a nuestros pies, en la ciudad.

Le debo unas palabras a este otoño.
Lo recibí a cuerpo descubierto sobre mi moto.

Quedé con mi hermano en Tarancón, y cada uno en su montura,
hicimos el viaje a Cuenca.
Hacía casi treinta otoños que no hacíamos una ruta,
cada cual sobre su moto; yo delante, como entonces
y él detrás, a nuestro aire cada uno, pero
en la misma sintonía de pensamientos:
juntos.
Hizo calor ese día. 
El sol de "membrillo" no sólo era color,
también templaba el ánimo y una vez parados,
y con tanto apero encima, llegamos a sudar.
Diría que volamos bajo con un cielo azul
con pocas hilachas de algodón, altísimas al Sur.

Llegar a Cuenca, donde nací, y pasar por delante de la misma puerta,
de la "casa-cuna" que entonces era
el Antiguo Hospital de la beneficencia,
me da un subidón que me reconcilia, cada vez, con la vida.
Ahora, sólo queda la fachada, y no queda en su interior
ningún vestigio de cama, ni de capilla, ni de lo que entonces
fuera quirófano; y, en su lugar, que pasé un día y lo vi,
hay mesas de oficina y murales y letreros con indicaciones,
dependencias y despachos dedicados por la Junta de C-LM
a ser Delegación Provincial de Agricultura y Desarrollo Rural 
de estos Reinos de Taifas
que nos colaron por la escuadra 
los que estaban agazapados desde el 1939
y saltaron como ratas rabiosas al queso hecho porciones
para ser cabezas de ratones y despacharse a gusto,
a la consigna: "cada uno a lo suyo sin molestar".

Este pesar me ha acompañado desde el primer día que pude ver
la Cuenca que me parió transformada en una caricatura.
Casi más, una máscara esperpéntica como sacada
del Museo de Arte Abstracto, del que salí
pensando si a todos les parecería como a mi,
una broma de mal gusto o una burla a nuestra inteligencia.
Bueno, pues eso es lo que poco a poco ha ido desnaturalizando Cuenca.

Gracias a Dios que no han podido con todo.
Han puesto objetos horribles de mal rollo y dudoso gusto,
en algunos lugares estratégicos;
remodelaciones urbanísticas que dan dentera.
Sin ir mas lejos, quisimos pasar por Carretería y estaba prohibido.

Gracias a mi amigo Angel Pintado, que le ha hecho un cuadro 
que vale más que todo el Museo antes mencionado.
Arriba lo pueden ver. 
Pintado desde arriba mirando al Huécar.
Cuenca, que siempre es Única, en otoño más.

Y le debía yo unas palabras a este otoño.

Ese otoño que nos visita cada año y que, nosotros,
cada vez, lo sentimos más nuestro; 
porque nuestro cuerpo, acusando el tiempo, 
nos deja en la piel de las manos
pequeñas sombras de hojas de álamos, olmos y plataneros,
como esas que pisamos en nuestros paseos, al caer la tarde.

Y nos tiñe la mirada de sueños, de recuerdos
y de pensamientos que unen los unos con los otros
en un sentimiento que Ángel captura con facilidad,
como el colibrí que liba de la for del espliego,
porque lleva en su alma vieja un torero sin muleta, un músico,
y un poeta silencioso que llena lienzos y más lienzos de versos sueltos
llenos de música
 y que da capotazos al toro del ensueño de la realidad,
para que no se pierda el momento, 
como se pierden los colores de las alas de una mariposa
cuando levanta el vuelo huyendo del cáliz de una flor.

Ángel, en este cuadro de Cuenca es como la abeja melífera
que se hubiera vuelto loca de alegría, o de tristeza; o de vacío, en un momento,
sabiendo que ha de morir 
y hubiera dado una patada a la colmena
desparramando sobre la superficie blanca de un lienzo
su historia humilde y su trabajo callado de toda una vida
dejando su testimonio en cera virgen y miel,
el complicado corazón de este humilde conquense.

El maestro no da clases sino con sus obras,
Y sus obras son amores: un amor de obras da.
Y por eso no hay palabras para decir
Porque el que tiene la gracia de "ver",
que diría el ciego de Granada,
"No hay mayor desgracia, mujer"...
Que ir a Cuenca y no poder ver.
Y peor,
 sólo ver tejados y fachadas 
y una gracia poder,
casi tocar, el Áura de la Nada.

Le debía yo a este bonito otoño 
unas palabras.
Porque es un cuento de cuentos y de cuentas,
como un rosario, cada rincón de Cuenca
que se insinúa
viviendo desde antiguo en esa piel seca de peladura de mandarina 
(el lienzo)
presta a ser arrojada al fuego
para que nos llene los ojos de Luz, virgen de Cuenca,
como una falla valenciana,
o como las pequeñas burbujas del champán
que saltan de una copa trayendo a la memoria
amores que han marcado momentos
de lo que llamamos vida,
aunque sea más un ir dejándonos,
poco a poco, entre las hojas
del libro de cada otoño.

© GatoFénix






domingo, 4 de octubre de 2015

El otoño es un "collage" por Ángel Pintado. "Pámpanas al vuelo".







El otoño es un "collage" de colores,
de texturas, de olores, de sabores evocados; y todo, 
amalgamado con la luz de oro viejo 
- melocotón y membrillo - 
atardeciendo a pie de tierra tras la tormenta.
Se nos viene arriba, el animo decaído,
al encontrarnos frente a frente con este lienzo 
de Angel Pintado Sevilla.

Ha dejado exento, en él, 
ausente de suelo, tal como hace 
el aroma de la esencia de las cosas. 
Cosas muy nuestras, que nos envolvía,
por este tiempo, (desto hace tanto)
en tierras de la Mancha que fueron nuestra casa.

Son tantas las vendimias que atesoran sus ojos
 como su habilidad y maestría para dejar ante los nuestros
  el asombro y la belleza rural de cada espacio, 
de cada hueco, en campo abierto, transformado 
en óleos, y luego aplicados con mimo y soltura,
ya con pinceles, ya con espátulas y 
hasta con la yema de los dedos.

Ante nosotros algo que nos vuelve
a los mejores otoños de nuestra vida.
Tiempos, ciertamente pasados, quién puede negarlo, 
pero que no puede impedirse que vengan,
de golpe, a nuestra memoria. 
Vienen trayendo mapas conceptuales 
cargados de nombres propios, 
de amores, 
de familiares y de los escasos amigos; 
Vestidos todos con sus mejores caras y sus aconteceres.

Es difícil encontrar una obra tan explícita, 
como evocativa y sugerente (que no es lo mismo)
Que que en ello está el espacio intemporal; 
el tiempo pasado, el presente y hasta (entiendanme) 
la nostalgia de un tiempo futuro 
con el miedo que traen las malas noticias de este otoño,
y que nos hace temer, que pudiera ser que, 
otros "artistas del robo y la mentira"
hicieran con su perversidad, que todo desapareciera. 

Todo, tristemente. 
Tan cierto como que llegará el invierno, si Dios quiere.
O nuestra propia muerte, como certeza ineludible
que nos recuerdan las pámpanas.

LAS PÁMPANAS AL VUELO...TRAS AL VENDIMIA.
óleos de Ángel Pintado Sevilla


Las pámpanas al vuelo de 2015 anuncian
un invierno lleno de incertidumbre.

Los que no siguen el pulso de la vida,
sino más bien las pulsiones de la bolsa,
parece que en su necedad vana
"inventarán la rueda".

Su perversidad añeja trasegada a nuevos odres 
va a realizar la proeza de transformar en vinagre
el mosto de las uvas de este otoño
sin pasar antes por ser vino.

Llevan más de treinta años macerando el odio.
Han envenenado todos los fluidos.
Han contagiado su mala sangre.
Han podrido las mentes y los corazones
desde la infancia hasta la madurez
durante dos generaciones, y este año,
me temo, se cogerá la última cosecha,
en democracia.

Han fabricado laboriosamente
durante todo este tiempo
necios, incompetentes y agresivos combatientes
de un ejército dirigido por insumisos, enarbolando 
la bandera roja de la guerra.

Vienen con la intención de hacer
"que las pasemos moradas" una vez más,
porque practican la doctrina de la venganza.

Parece que el Apocalipsis está empezando
y las pámpanas al vuelo lo anuncian.

Es una vendimia tan contaminada,
que hasta de la uva Airén
se obtendrá el vino tinto del odio.

© GatoFénix