miércoles, 9 de marzo de 2016

VI Kedada en Alcoy: más de lo mismo, que es mucho. 484 kilómetros infinitos.






Cuando la mañana se despertó junto a mi en el hotel,
ya tenía el cuerpo de ruta.
Es como cuando los toreros estan "en capilla":
ese ritual tan nuestro de andar guardando el equipaje
en las bolsas, equilibrando el peso, enrollando,
y recolocando y luego volver a recolocar
hasta estar satisfechos con los bártulos.
Cogemos el papel donde todo está anotado
y vamos tachando los enseres colocados
siempre con el doble temor de; olvidar algo
o de que algo no quepa.
Por fin todo dispuesto y ahora a revestirse
con el traje de ruta, en mi caso el excelente
Streetguard, que es un "todo-tiempo" que cumple.
Y esta vez, dicho tiempo, era exigente; se avecinaba
una ruta "interesante" como dirían los sabios chinos.

Bajo al comedor sin la chaquetilla de torero
y sin capote ni montera y charlamos con algunos
amigos que con las apreturas del tiempo y 
porque uno es de natural discreto, no había cruzado palabra.
Se que quedo mal por poco sociable, pero ya me he acostumbrado
a mi soledad y casi me da igual lo que digan y 
absolutamente igual lo que piense el respetable.
Ricardo, tan entrañable me dedica un pequeño tiempo
y me acerco a la mesa de PacoKaceres y esposa.
Son como si fueran , perdón, mejor que de la familia.
Esa familia de cuasilokos que llevamos unos hierros
que si te entiendes con ellos hacen honor a su sobrenombre
de "ladrillos voladores".
Y lo pude comprobar, una vez más, en esta vuelta a casa que por eso
empiezo el relato al revés.
Salí del restaurante y ya me termino de equipar.
Me monto en mi K100RS Style del 87.
La salida es para expertos: rampa de parking al cuadrado 
y revuelta a la derecha un tanto forzada;
seguimos con la rampa, y ya en la calle,
"pirula" de la raya y en el Stop, y cuidadin:
una pendienta a la izquierda que te hace pedirle a Dios
unas piernas más largas por que la del lado de abismo
toca con los juanetes y un soplo de viento 
te puede hacer "una gracia" y verte en el suelo arrastrando.
Superada la prueba, enfilo, pero el auricular: sin pila.
Ando sordo, por tanto y me dirijo a repostar "de oido",
con lo cual atino de milagro a la Shell y salgo tan contento.
Tan contento que se me olvida que no tengo indicaciones
por el auricular y me dirijo a Madrid, pero no veo por ningún lado
el nombre de la capital de España, corrijanme si me equivoco.
Con estas circunstancia y con la emoción que nos embarga en estos
primeros metros, sobre la moto; oye que es como si la acabara de comprar 
en Motos Hernandez y saliera de estreno con 29 años menos,
la moto y yo; ella nueva y yo con 36 años.
Parecerá poesía pero es tan cierto que me parece mentira.
Esto nos lleva a que por pocos metros me pase la entrada a la carretera "buena"
y me dirija arteramente la señalizadión al camino de peaje.
Freno a la entrada, nada más percatartme y con mucha precaución, 
giré a la izquierda, me introduje entre los boliches verdes
y salí de la encerrona; a pesar de que me cargué unos kilómetros de más.
Enmendado el entuerto y ya por el buen camino,
empiezo a ir haciendo relato al andar, dentro de mi cabeza,
que es donde empiezan todos estos escritos.

La carretera estaba despejada.
El tiempo soleado y con rachas de viento helado con una velocidad considerable,
 y yo a mis 120 legales, incluso a menos en todas las reducciones de este farragoso tramo.
Vuelvo  a cavilar: "He hecho este trayecto muchas, muchas veces y siempre,
hasta llegar a Villena, hay como unas energías enredantes que no me dejan escapar.
Esta tierra es como un pulpo que te enreda
con una maraña de brazos, que son vientos casi siempre, 
o vibraciones de afectos de gentes un poco locas
que se olvidan de lo angustiosa que puede ser la vida
y te regalan olvido durante tu estancia en un oasis de olvidos
que viene a ser una terapia de amnesia temporal,
sin la crueldad del Alzeimer, porque como el vino
dura mientas trasiegas que es cuando transitas, pero al despejarte quedas
donde estabas, sin lesión alguna. Como ahora:
encima de mi k disfrutando en el penar.
El paso por Chinchilla me recuerda mis "maniobras en el 76"
(Los paracas éramos más del campo que S. Isidro)
con cuatro dedos de nieve, en algunas partes, y durmiendo
en las tiendas de campaña que heredamos de los americanos
o que las dieron como propina por comprar 
los cascos de la guerra de Vietnam, algunos con agujero de bala incluido.
Eran otros tiempos, tambien "interesantes" y ahora, después de tanto,
los considero entrañables aunque duros y que me fueron muy útiles.
Llevo casi todas las caras y el buen rollo de los asistentes.
Gente simpática, llenos de historias personales que se adivinan,
pero que apenas dejan pasar la luz a esas estancias;
una camaradería elegante sin agobios y sobrevolando sutilmente
una preocupación por el futuro de España y de nosotros,
que sin decirlo, adivinamos que coincidimos en muchos temores
y que sin ir más lejos, como le afecte el virus que a Formigal
algo tan "internacional multilingüe" será inviable.
Es lo no dicho y pensado por muchos.
En la discreción, vemos que hemos sido víctimas
de un engaño y de una estafa,
que aunque son términos parecidos, no son lo mismo.
De nuevo a esta realidad sobre ruedas de camino al horizonte.
Frente a mi un paisaje que parece un tablero de ajedrez, en verdes y grises,
bajo una cúpula de un azul de Sorolla con algodones brillantes de nácar.

Albacete queda a la izquierda pero sólo ves
que hay un cartel indicando cómo llegar al Polígono Campollano.

El frio es intenso, empiezo a agradecer los guantes Atlantics
que me enfundé; no quiero pensar cómo llevaría las manos,
sin puños calefactables, con otros guantes.
- El cuerpo: "Bien. Gracias"
Es la segunda vez en mi vida que me ha dado un escalofrío
o dos sobre la moto.
De esos que te entran por el cogote y te llegan a la rabadilla.
Pero me rehice. Me acoplé un poco más bajo y apreté los dientes.
Recordaba la comida en filá Vascos, que parecía una boda,
no "las de Camacho" pero ahí anduvo.
Dale que te pego a los aperitivos y a la cerveza, que no faltó,
y cuando ibamos a "tirar la cuchara" nos dijeron:
Que si arroz o carne.
Metiré al arroz al horno, sin miedo y sin contemplaciones,
encontrándolo tan rico, con ese sabor a cúrcuma exquisito,
que me dejé cuatro granos y porque dijeron que incluso nos darían postre.
Ya no pude con el café.
Tocaba siesta, pero había que llegar al hotel.
Allí los dejé dando regalos como si fuera una tómbola jocosa
y yo me encaminé hacia las escaleras, que me parecieron
la subida al Teide, sin camello.
Por fin en la calle, puse la brújula hacia mis aposentos
deshaciendo el camino, pasando por un pequeño parque que me abultó
como si fuera la Casa de Campo de Madrid
y por fín el AC de mis amores a la piltra a sobar.





Al poco, pasada la Roda, se me enciende la reserva.
Llevaba 270 km, unos 30 de propina por la equivocación
Aprovecho para desaguar el canario y dar dos patadas al aire,
hacer unas sentadillas y unas palmas sin taconeo para calentar.
Me incorporo a la carretera y veo que ahora, con estos kilómetros
es cuando empiezo a estar bien sobre la moto.
En esta situación es cuando te conviertes en un centauro
y sientes todo el asfalto en los pies, en el culo y en las manos.
Formas una unidad con este "ladrillo veterano"
y aprecias que BMW, en ocasiones como esta,
realizó un excelente trabajo que pervive en el tiempo.
Me adelanta un Volvo negro y me despierto,
es un tramo de pequeñas curvas y bastante solitaro.
No hay casi tráfico.
Pasada Honrubia y la desviación a Cuenca, subimos el ritmo
el Volvo y yo, y se me fue el pelo de la dehesa durante un tiempo,
que no sabría decir cuanto porque es de esas veces que te sientes tan agusto
sobre la moto que te deslizas como si no hubiera suelo
y avanzaras hacia un horizonte, cambiante cada segundo,
consciente que no tendrá fin la esfera y envuelto
en el algodon de un sopor placentero
en el que sólo estás: ahí y ahora.
Toda una terapia, que es lo que buscaba en este viaje.
Me lo tomé como una obligación.
Verdaderamente me obligué.
Tuve que romper con la rutina y la falta de ganas
y abrazar esta incomodidad tan llena de vida
porque no sabemos ni el día ni la hora
y toca vivir cada momento como un presente
(que así se llama en la Mancha un regalo),
es decir, un milagro inmerecido.

Llegar a Tarancón es llegar a zona de ir atento.
Te retratan en varios sitios sin que lo pidas
y vuelves como al lugar por donde hay que pasar por narices
si quieres ir a muchos sitios, "por lo negro".
Tiene otra vibración el sitio.
Incluso el cielo se ha puesto gris y no sé si me caeran unas gotas;
luego no hubo tal, y todo fue en seco pero frío.

Después de la siesta, aparezco en la cafetería como un zombi.
Algunos iban llegando por goteo y nos saludamos y hablamos
como siguiendo una conversación del otro día y sin embargo
ya había pasado un año y no nos dábamos cuento.
Esto del tiempo no deja de sorprender.
Tuvimos que bajar a ver las motos al parking y todos querríamos
que estuvieran en el hall o en la cafetería del hotel,
para poder tocarlas, olerlas, verlas y hablar de ellas
teniéndolas cerca, porque están en nuestro corazón,
por eso la gente nos mira como si estuviéramos idos
y hasta se permiten, compadecernos por este "mal".
Hay una pasta de motero que no se puede explicar
al que no ha nacido motero y, si me lo permitís,
igual os digo que ser de las k´s, hasta es diferente;
porque, mi hermano es motero como yo, pero no es de k´s,
 me lo dice; y disfruta con las veintitantas motos que ha tenido;
pero, no es igual.
Tienen otra "pasta".
Y son buena gente y todo eso, pero, no.

Quedaba la cena.
Gracias a que me funcionó la molleja y entre mis cosas
llevo bicarbonato, que si no no hubiera podido.
Pero pude.
La cena fue estupenda.
Compartir mesa con estos compañeros es un honor y un placer.
Todo rico, rico, pero
el salmón: de sobresaliente.
Luego lo del amigo invisible que siempre está simpático,
aunque, y entonces fui consciente, era de madrugada,
y a todos se nos notaba que empezaban a flaquear las fuerzas.
Teníamos en la carita un punto
de aquello que se acaba y no quieres;
de cansancio que no aceptas;
 y de satisfacción terapéutica
en este oasis donde nos damos cita.
Me tocó un llavero yin yang.
Me hizo gracia porque dije:
"Todavía se puede regalar una cosa así"
Unos llaveros para una pareja heterosexual.
Y a mi mujer le gustó.
Veremos lo que dura el poder encontrar llaveros así.
Puede que los retiren por homófobos, si llegan al poder
los del "pensamiento único", que están a las puertas
y puede que tengamos que recurrir, al poco,
a regalar un rollo de papel higiénico
o un tubo de pasta de dientes
sin cepillo.

Y en estas reflexiones, llegando a casa, veo
484 km en el marcador parcial.
Kilómetros que se me hicieron pocos,
casi infinitos.
Y con nuestros años a cuestas
volvimos a realizar la pequeña proeza
de hacer un roto en el espacio-tiempo
para volver al origen
donde obtenemos
la fuerza y el valor
de seguir
en al brecha
de la vida.
Gracias a todos.

© GatoFénix


No hay comentarios: