lunes, 4 de abril de 2016

Una "cata" de pan con aceite. Un "ahora permanente"

Aroma y sabor de aceite,
zumo de aceitunas españolas:
manzanilla cacereña, picual,
hojiblanca, arbequina, cornicabra,
verdeja o castellana...
Aromas y sabor de una "cata" para merendar.
Una cata, que es un cantero de pan blanco
en el que se escarbaba con los dedos una poza en la miga,
blanca y esponjosa como algodón en rama,
en cuyo agujero se vertía aceite de una alcuza, con generosidad,
a lo que se le ponía unos granos de sal de aquella que se le veían los prismas.
Luego se volvía el migón a su lugar, sin presionar, y se empapaba
poco a poco de aceite, y nosotros, a base de migas,
sentados en el sardinel de la puerta nos lo íbamos comiendo
a pellizcos al paso de la tarde, mirando las hormigas culonas
de algunos días de esos que eran vísperas de lluvias de verano.
Aromas y sabor de una cata en el tiempo.
Un manjar sencillo que marca tu vida con esa impronta
de lo que no vas a poder prescincir durante tu vida.
Manjar español, sencillo y medicinal; óleo de los vivos.
Al fin óleo y como tal, sagrado líquido de ungimiento real;
de un nacimiento a algo nuevo y sublime; 
o de un recibir los óleos en la extremaunción, para el último viaje.
Óleo de los recuerdos más viejos,
aquellos, asociados al pan frito en invierno.
Ese poquito humo casi picante en las cocinas de mi infancia.
Humo que salía de la sarten con patas donde se freía todo:
picatostes, rosquillas, "rosas con azúcar", pestiños,
orejas de fraile; o chorizos de la matanza, lomo, 
costillas, que luego de enfriarse, se guardaban en medianas orzas de barro
de donde nos abastecíamos todo el año.
Diciembre y enero tenían las calles, desde los albañales hasta las tejas,
llenas de niebla con olor a las seras del molino de aceite,
el cual estaba cerca de mi casa, y en cuyo patio, en verano,
jugábamos los amigos de los hijos del dueño.
Había allí una Moto Guzzi roja, con la palanca de marchas en el depósito,
Su color rojo característico, desvaído.
  En alguna ocasión la arrancaron y se montaban en ella 
dando algunas vuelltas por el pátio empedrado.
Yo la miraba y me sentía cohibido, 
sin mucha confianza, porque "no las tenía todas conmmigo" y 
me gustaba pero no tanto...
y me daba miedo y envidia, a la vez.
Era todo aquel entrañable pueblo manchego en esas fechas
como un Londres nacional en el campo de Calatrava;
con su neblina, que parecía vapor una olla enorme; 
Todo oliendo como una aceituna machacada, 
y las calles con sus enjalbegadas paredes, 
los cortes de una manzana golden...
Y ese aroma de lo que llamábamos *alperchín" 
y que luego he sabido que su nombre es alpechín.
De los alpechines de toda la vida. 
Los de lavar las seras de esparto del molino.
Ese olor que para otros es desagradable y que a mi me despierta 
y me pone vivo en mi infancia, 
con toda su intensidad.
Aquello se quedó dormido en un pequeño rincón de mi cerebro de niño,
y a veces, como hoy, se despierta
porque ha salido un buen aceite a la mesa.
Y entonces se abre como un paraguas enorme
lleno de varillas.
 Un mapa conceptual
que no es sino una cata en el tiempo.
Mucho más que un agujero negro,
porque es luminoso y te invita a transitar,
ligero de equipaje, por donde estuviste y no estás pero,
 en donde sigues estando, sin explicación posible,
como si fuera 
"un ahora permanente".

© GatoFénix


Como aquella de la almazara de Santiago C. M.




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