martes, 3 de mayo de 2016

Apabulla la primavera, llevándonos con su tracatrán.



Apabulla el tiempo que nos lleva como el tren Expreso.
No en este AVE tan rápido y evanescente, sino
En quel tren que bufaba y parecía una apisonadora;
que medía el tiempo de su avance
con su segundero en el tracatrán-tracatrán
de la vía.

Así avanza la primavera, llevándonos
con su tracatrán.
Cada día una sorpresa, desde la brizna
en una maceta que creíamos muerta,
hasta las soberbias calas con su caracola
de plumas de ala de oca, suaves y consistentes.
Ellas, una insinuación lujuriosa,
una metáfora perfecta,
con la carga de poesía que sólo entiende
el Epíritu que mueve los tiempos;
Él, que contínuamente nos llama como
a un pequeño pájaro mirando al amanecer,
liviano y absorto; o como a las parejas de palomas
comiendo las yemas del árbol
mientras se columpian en sus ramas
como si no hubiera nada más
en ese momento.

La primavera apabulla con su fuerza.
Lo hace sin resentimiento porque no tiene la memoria 
de los cambios que nosotros sabemos.

Cada planta se esfuerza por romper la tierra
y llegar al cielo dejando en el trayecto
una belleza vestida de colores vibrantes
y se rodea de aromas que nos cierran los ojos
generando en el corazón con un sinfin de imágenes
que sólo son nuestras y que no existen
sino dentro de nosotros.
Esas, que no se pueden contar.

Somos todo eso que sabemos que somos.
Y somos
muchas cosas que, sin querer fueron,
y, aunque se fueron,
dejaron perfumes sueltos 
como un trazo en un papel inmaculado
que refleja cómo nos tiembla el pulso,
cuando lo imprevisto une el amor al cuerpo
sin que la cabeza sepa como atajar 
la marcha inexorable de este Expreso,
mañana-tarde-noche,
que nos recuerda cada primavera.

La estación más loca de la vía;
- trayecto que es nuerta vida -
una parada, en si,  tan breve
que apenas podemos recoger con la mirada
 la hora del reloj bifronte de la pared,
que nos diga cuándo pasamos
la vez anterior
por ahí,
que es el aquí y el ahora,
de la apabullante primavera
en la que vamos.
En la que cada vez,
menos vivimos,
porque ni  somos ni estamos.

© GatoFénix

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