lunes, 25 de abril de 2016

Tú mismo.





Sólo con dejarnos llevar por nuestro cuerpo
sabemos todo lo necesario, que es más
de lo que  creemos saber.
Ocurre que no nos fiamos de nosotros, porque
así nos lo han enseñado desde siempre, y
con tanta eficacia, que nos han marcado,
como al ganado bovino,
con el hierro candente de la duda.
Esa duda que nos lleva a la indecisión;
La indecisión que nos conduce a la dependencia;
La dependencia que nos aleja de la verdad;
Una verdad, que nos haría libres, aunque,
sin garantías de felicidad, que no es del mismo lote.

Nadamos, entonces, en la confusión;
La misma, que nos reviste de ignorancia;
Una ignorancia que nos hace vivir a trompazos;
Trompazos que nos lastiman porque, encima,  nos culpamos.

Una vez ahí, hemos perdido el conocimiento verdadero
de lo que somos y de lo que son los demás;
Los demás y los otros, que no son lo mismo, además,
revueltos con las cosas.

Partimos de la nada en el todo.
Llegamos a vivir, con el tiempo, como si tuvieramos cosas y más cosas,
incluso personas, hemos creído tener al lado.
Y luego ves, un día, casi siempre de noche,
que no tienes nada, ni, a nadie,
como tu sabías, ...
y te habían hecho creer que no era cierto.
Por eso, porque confiabas más en la apariencia externa,
por tanto ajena, que en nuestra verdad interior;
Andamos buscándole la vuelta a todo, como el perro que se muerde la cola,
pensando, que hasta pudo haber algo de verdad en lo que  no era
sino vana ilusión, como todo lo que viene del mundo, y sabemos de sobra,
que para más castigo, nos dicen por todos los medios y a todas horas:
..."que es lo único verdadero".
Una nueva versión de la "kata-plasma" radiante.

El "ello" y ellos, indiscutiblemente.
En ese momento quizas te des cuenta que...
ya no hay "un nosotros".

Tú mismo.

 © GatoFénix


viernes, 8 de abril de 2016

Impotentes ante un soplo que te desbarata.











 La pérdida y el abandono es difícil de contar.
Va más allá del tiempo.
Una triste semipompa viajando sobre la superficie,
como media burbuja pendiente de explotar
a la mínima incidencia.
Por eso a estas horas no tengo palabras.
Busco en los silencios algún signo...
Pero sólo veo imágenes vivas, en movimiento,
cosidas a un tiempo inolvidable,
Ya inexistente.
Parecen pensamientos formando una esfera
como el fruto del diente de león.
Cogidos por el centro, conformando
una felicidad tan bella como frágil,
temiendo un soplo que todo lo desbarate.
Temiendo lo desconocido, previsible y , tal vez,
inevitable.
Curioso verme a mi dentro de ese tiempo: lleno,
ocupado, sonriendo como si fuera un río.
Aparentemente, quieto hasta que ves que se mueve
al abrazar los juncos con sus aros de agua.

Y me escucho contento contando un cuento,
mientras huelo que flota en el ambiente,
el vapor del baño de tu hijo
con el olor a piel seca y esponjosa
mezclada con la colonia de limón y miel,
a sábanas blancas de algodón y queso tierno.
Ya digo: Una esfera de diente de león.
Por eso, a estas horas, te desvelan los recuerdos
y te pillan escribiendo porque el paso inexorable de las cosas
nos llevan con ellas en un sinsentido
y al silencio.

Cada vez, observas, que las conversaciones se alejan
del amor y del alma, que ya han enterrado y no existe,
y se barnizan pensamientos con inteligentes conceptos,
observen la ironía, para que todos juntos
puedan llenar la mente, pero que todos juntos
no valen, un beso en silencio en la cabeza de tu hijo.
- Buenas noches. Que descanses bien. Duerme con los angelitos -
Mientras te tapaban y te apretaban por las corvas
para que no hubiera aire que te enfriara.
Y mientras sonreias, apoyado en la almohada
cogiendo el embozo de la cama con las manos
junto a la barbilla...y te embarcabas.
Casi notabas cómo se desprendía de la orilla
y empezaba a sumergirse en el mar del sueño.
Lo vives con él y, como todas las noches,
renace la despedida de siempre.

Verdaderamente qué poco sabemos.
Nos vomitan las pantallas, que nos acosan y nos embasuran
en la racionalidad más rentable y se lucran con nuestro esfuerzo
vendiendo el progreso la modernidad como religión
del pensamiento único y verdadero.
así, lejos de nosotros, vemos cómo, si pensamos,
todo lo que importa se va yendo, y aunque lo sepamos
no podemos ni decir por qué.
Y si no sabemos "el por qué" de las cosas importantes
¿Qué más da, las otras?

La felicidad podría ser la flor de la planta diente de león:
Esférica, bella, perfecta y frágil;
que se rompe y vuela con un soplo
y desaparece.
Un soplo que te desbarata.

© GatoFénix
 "Y yo "pegao" al manillar hecho un ..........¡madre!
(Como el estribillo de la canción)


lunes, 4 de abril de 2016

Una "cata" de pan con aceite. Un "ahora permanente"

Aroma y sabor de aceite,
zumo de aceitunas españolas:
manzanilla cacereña, picual,
hojiblanca, arbequina, cornicabra,
verdeja o castellana...
Aromas y sabor de una "cata" para merendar.
Una cata, que es un cantero de pan blanco
en el que se escarbaba con los dedos una poza en la miga,
blanca y esponjosa como algodón en rama,
en cuyo agujero se vertía aceite de una alcuza, con generosidad,
a lo que se le ponía unos granos de sal de aquella que se le veían los prismas.
Luego se volvía el migón a su lugar, sin presionar, y se empapaba
poco a poco de aceite, y nosotros, a base de migas,
sentados en el sardinel de la puerta nos lo íbamos comiendo
a pellizcos al paso de la tarde, mirando las hormigas culonas
de algunos días de esos que eran vísperas de lluvias de verano.
Aromas y sabor de una cata en el tiempo.
Un manjar sencillo que marca tu vida con esa impronta
de lo que no vas a poder prescincir durante tu vida.
Manjar español, sencillo y medicinal; óleo de los vivos.
Al fin óleo y como tal, sagrado líquido de ungimiento real;
de un nacimiento a algo nuevo y sublime; 
o de un recibir los óleos en la extremaunción, para el último viaje.
Óleo de los recuerdos más viejos,
aquellos, asociados al pan frito en invierno.
Ese poquito humo casi picante en las cocinas de mi infancia.
Humo que salía de la sarten con patas donde se freía todo:
picatostes, rosquillas, "rosas con azúcar", pestiños,
orejas de fraile; o chorizos de la matanza, lomo, 
costillas, que luego de enfriarse, se guardaban en medianas orzas de barro
de donde nos abastecíamos todo el año.
Diciembre y enero tenían las calles, desde los albañales hasta las tejas,
llenas de niebla con olor a las seras del molino de aceite,
el cual estaba cerca de mi casa, y en cuyo patio, en verano,
jugábamos los amigos de los hijos del dueño.
Había allí una Moto Guzzi roja, con la palanca de marchas en el depósito,
Su color rojo característico, desvaído.
  En alguna ocasión la arrancaron y se montaban en ella 
dando algunas vuelltas por el pátio empedrado.
Yo la miraba y me sentía cohibido, 
sin mucha confianza, porque "no las tenía todas conmmigo" y 
me gustaba pero no tanto...
y me daba miedo y envidia, a la vez.
Era todo aquel entrañable pueblo manchego en esas fechas
como un Londres nacional en el campo de Calatrava;
con su neblina, que parecía vapor una olla enorme; 
Todo oliendo como una aceituna machacada, 
y las calles con sus enjalbegadas paredes, 
los cortes de una manzana golden...
Y ese aroma de lo que llamábamos *alperchín" 
y que luego he sabido que su nombre es alpechín.
De los alpechines de toda la vida. 
Los de lavar las seras de esparto del molino.
Ese olor que para otros es desagradable y que a mi me despierta 
y me pone vivo en mi infancia, 
con toda su intensidad.
Aquello se quedó dormido en un pequeño rincón de mi cerebro de niño,
y a veces, como hoy, se despierta
porque ha salido un buen aceite a la mesa.
Y entonces se abre como un paraguas enorme
lleno de varillas.
 Un mapa conceptual
que no es sino una cata en el tiempo.
Mucho más que un agujero negro,
porque es luminoso y te invita a transitar,
ligero de equipaje, por donde estuviste y no estás pero,
 en donde sigues estando, sin explicación posible,
como si fuera 
"un ahora permanente".

© GatoFénix


Como aquella de la almazara de Santiago C. M.