martes, 3 de enero de 2017

La vuelta a casa en la niebla. (II)

A las pocas horas, decido volver a Alcalá. Son las 19:00
Al bajar hacia la cochera de mi hermano me encuentro que ya es de noche.
La niebla mostraba las farolas encendidas como globos blancos y
me acordé de aquella Virgen de Lourdes en la esfera de cristal, de mi madre,
que al invertirla y volverla sobre la peana quedaba blanca de copos de nieve
y nos hacia embelesarnos, mudos, como hipnotizados, unos segundos.

Una vez con el casco puesto y sobre la moto me despido de "Brother" y
me dirijo a repostar a una gasolinera cercana.
Me gusta ir con el depósito lleno; que quedarse seco, con este tiempo,
no quiero ni imaginarlo.

Ya saliendo de Tomelloso, una vez atrás el taller de coches de mi amigo Pablo;
primera rotonda de la enoorme Cooperativa Virgen de las Viñas;
atrás las luces de las calles; tomamos la antigua carretera a la Alameda
y dejando Bodegas Centro Españolas a la derecha, nos sobrecoge la oscuridad.

Los primeros kilómetros me animan a la prudencia absoluta dentro de lo oscuro.
Todo parece "ese cuarto" de casa antigua, sólo que en la superficie, a la interperie.

La niebla es mucho más de lo que me temía: Una cueva llena de silencio.
Voy absolutamente sólo. No se oye ni el runrun del motor a bajas vueltas.
En la primera rotonda para incorporarme a la autovía era imposible ver
en qué parte estaba la via de servicio porque ni aparecía el cartel,
justo al pasar cerca, cerca, apaso de hombre, la veo, y rigiendome por la memoria
tal com hizo el ciego del chiste para calcular los cataplines del perro que lo meó,
sé que a muy poca distancia se encuentra la salida que debo tomar.
La veo a pocos pasos como la escalera de un sótano, y empiezo a subir la rampa
hasta incorporarme lento, pero sin titubeos, a la CM - 42.

Los primeros quinientos metros confirman que puedo ver unas cinco líneas
y espero hasta que llegue algún coche y me adelante para seguirlo  a su paso
y que me vaya abriendo camino.
No tarda en aparecer en mi retrovisor dos luces, y como voy lento, pegado a la derecha,
me adelanta y yo lo sigo a una distancia segura variando mi trayectoria del arcén
a las lineas intermitentes, y de vez en cuando al revés, buscando siempre una posible salida en caso de frenada de emergencia y para hacerme ver.
Comienza entonces la travesía de esta niebla espesa y fría que duraría ni se sabe.

Enciendo los puños calefactables y el asiento, porque empiezo a ver en el marcador
el aviso en forma de estrella de nieve, al lado de los dígitos 2.3ºC
El suelo era puro charol negro de zapato sin lustrar.
El parabrisas, empañado y transitado hacia arriba por unos regueros invertidos que ascendían hasta el borde terminando en una gotita titilante, que al poco, se desprendía para terminar en mis hombros o que me rebasaría, quien sabe,
para perderse en el rebufo y en la noche hasta que cayera al asfalto.

Sentir el viaje bajo esta boina de espuma de algodón de azucar te vuelve humano.
Bajo esta medusa llorona que nos sigue como una sombrilla caminamos, como si todo
se fuera desplazando bajo las ruedas y a los lados sintiendo la magia de ser motero.
Consciente y liviano, frágil y confiado en un devenir que te hace suyo y no al revés;
donde los pensamientos no tienen lugar y las sensaciones te inundan y te congratulan.

No es para todos. Lo sé. Pocos lo entenderán, y otros, en estos kilómetros hasta que llego a la desviación hacia Alameda de Alameda de Cervera, ya pensarían en buscar posada y a dormir calentitos;
A mi me pareció un tiempo indefinido en el que cambié de coche-guia dos veces
y en el que sentía moverme, hecho un ovillo, por un túnel sin tiempo, en un pequeño ruedo de espacio lleno de presente: Feliz.

Todo es un cauce de río y conozco sus inviernos desde el 76.
Era otra carretera en otro tiempo, yo era otro yo, que tal vez ni fuera nada, pero
la niebla agobiante de esta noche era la misma niebla:
un gujero de gusano con puertas secretas que conecta muchos mundos si somos capaces de transitar por sus entrañas.
En ese rodeo de Alameda de Cervera he sentido la misma soledad que entonces
y pasados casi cuarenta años, me encontraba en la misma vibración en un mundo paralelo
como simultáneo. Una maraña de experiencias hechas cosas evanescentes que me invitan
a tomar el curvón de izquierdas recostado en ellas.
Dejamos el cauce del nuevo canal de desagüe del pantano de Peñaroya, ahora seco, entonces rebosante transcurriendo al lado de una alameda enmarañada que desapareció.

Dejado atrás el pueblo, nos acercamos al puente sobre el curso del río Záncara, ahora inexistente y entonces lleno de agua y vida, donde se cogían los mejores cangrejos nacionales, pequeños y exquisitos, ahora inexistentes, porque "algún cerebro" de estos que tanto abundan en la España política de siempre, se le ocurrío repoblar con cangrejo americano,  que son grandes depredadores a la par que insulsos de sabor,
y acabaron con todos los nacionales.
Ahora queda un puente y unas exclusas pero lleva muchos años sin gota de agua.
Sin embargo el espíritu del Zancara pervive convocando su alma la niebla de siempre.
Por eso es tan interesante ver sin ver y sentir lo que viviste como si hubiera quedado
grabado en nuestras menorias: la del aire y la mía, que tal vez sea la misma cosa,
y que estoy seguro que no tardando será la suya la que me sobreviva aunque no haya
un eco en otra memoria humana y se pierda el conocimiento transcendente de las cosas.

Poco más allá, sé que está la desviación a Campo de Criptana.
La veo cuando estoy a su altura gracias a la potente luz de los faros y continúo
tras mi coche-guía hasta as inmediaciones de Alcázar de S. Juan. pone intermitente
y se sale por la derecha. Aminoro la marcha porque quedo sólo a la espera de que
algún otro coche me adelante y me facilite el camino.
Poco más adelante mpiezan a verse unos metros más de carretera, y acelero
hasta enontrarme un camion, y vuelve a cerrarse la niebra, pasando por los humedales
de la afueras camino de Villafranca.
Lo sigo agradecido pero por poco tiempo, ya que dada la poca velocidad, un turismo
nos adelante y yo lo sigo sin dudarlo inmerso como estábamos en el espacio exterior
o en un batiscafo en una fosa marina guiados por los fluorescentes que nos circundan.

Marca dos grados el panel de abordo cuando la medusa se agranda y se eleva
ampliando el espacio cuando hemos dejado la desviación de Camuñas y se vislumba
los pilotos traseros de otro cone y de otro más adelante y una flecha indicando Madrid.
Todos los vehiculos que me preceden siguen para Toledo y yo salgo en Madridejos.
Curva a la derecha. Luego a izquierda y me incorporo a la A-4 Dirección Madrid.
Por aquí la niebla sigue pero deja ver las fachadas iluminadas de lo que puede ser
una fábrica, a la izquierda y al frente y a la derecha la via de servicio que nos llevaría
al centro de la ciudad.
Hay un poco más de tráfico pero como un goteo, y pasado un arco, al pié: un radar.
Es un punto peligroso siempre, pero se agrava con este tiempo y con otros peores.
Con lluvias torrenciales y con hielos posteriores se forma un charco infernal.
En estas divagaciones y ya como fichas de dominó nos acercamos a Tembleque.
Por aquí se reconoce la meseta aunque sólo en el corazón.
Seguimos en el centro de un círculo. Ha dejado de ser ancha Castilla pero está en mi.
Está en mi mente esa manera de aprender a sufrir las inclemencias del tiempo.
Por aquí, no sabría decir las veces que he pasado.
De paso. Siempre de paso. A 40 grados y a 2.5 como ahora, imperturbado.
Esa manera silenciosa de ir por la vida, encajando golpes como un saco de boxeo.
"El que nace pa martillo, del cielo le caen los clavos" y un inusual bienestar
me ocupa cada rincón del cuerpo impropio de las condiciones exteriores.
No se me ha empañado, ni un poquito, la pantalla del casco con su pinlock.
La pantalla de la moto toda translúcida del relente y la niebla, subiéndole
como serpentinas como los dedos de una mano que se fuera alargando
para poder llegar a tocarme, pero que salvo alguna vez que llegan al casco
me mantengo a salvo y sin pizca de cansancio.
Sigue habiendo un tráfico fluido hasta el peine de carreteras de Ocaña.
Todo es un paisaje interior. Nada hay fuera.
Se ha tupido la niebla y la temperatura 1.2 veo de refilón Aranjuez, en un cartel.
No queda ni la referencia del olor a chufas. Hay farolas que apenas rompen
la tela de araña que nos captura como peces de aluminio en una tina de zinc.
Todo son brillos sin forma.
Destellos rojos de pilotos traseros y antinieblas o flashes ambar de intermitentes.
Este tramo es especialmente frío. Húmedo y frío por la proximidad del río.
Dejamos atrás Aranjuez y los siguientes kilómetros los paso como Nemo
en la corriende marina que me lleva surfeando por Pinto y Valdemoro
hasta desviarme a la derecha, en completa oscuridad, para la M-50.
La temperatura ha subido a 2.3 y sigo fascinado de como responde la moto.
Tene la cualidad de transmitir que las malas condiciones son cosas sin importancia
y que todo es fácil si te dejas envolver de las buenas maneras del motor.
Al poco, en una bajada y curvón de izquierdas tras los candiles de las farolas
indica Torrejón de Ardoz y a él me dirijo, para dejarlo al lado derecho y ahora sí,
en muy poquito, parado en casa.
El reloj marca 21:12
Abro el casco y tengo puesta una sonrisa de Netol.


© GatoFénix