miércoles, 2 de agosto de 2017

El ayer de ayer es el "en antes".











En un ayer que estuve de vuelta en Tomelloso,
visité a mi hermano y estuve con mi hijo.

Con ellos y en él, recuerdo lo distinto que fue aquello.
En ese ayer de nuestros carnavales cuando iba 
disfrazado de moro;  o de una fantasía en verde y oro,
con los Harúspices, tocando el bajo con el conjunto 
en su carroza y con toda la gente en comparsa 
con ganas de vivir y divertirse, sin más.
 
Aquello fue un tiempo irrepetible y maravilloso.
"En antes" ya no es sino un recuerdo hecho de fragmentos
de aquellas chatarras de objetos de porcelana
llenos de "besos" y agujeros oxidados rodeados
de blanco cuarteado como un pandero hecho 
de la vejiga del cerdo de la matanza de ese año.

El Tomelloso de este viaje, empieza a parecer 
un pueblo fantasma, de calles largas y solitarias,
vacías de jóvenes y salpicadas de otras gentes.
Sí, un poblacho del Oeste, a la espera del ferrocarril;
de esos que salían en los espagueti western, que veíamos
en los cines de verano con la bolsa de pipas y el refresco
pero sin Eastwood, ni la música de Ennio Morricone. 

Hacía un tiempo fresco, ese día,  pero bueno para pasear; 
las calles y la plaza desiertas 
(sólo dos borrachos que iban dando puñetazos a las señales de tráfico); 
y por la mañana, en medio del campo,
mientras mi hermano hacía volar un helicóptero y un velero, 
me volví a reencontrar con ese paisaje llano, Manchego, 
vivido y comprendido treinta años; 
tan extenso, tan de personas solitarias, y a la vez, 
sin lugar donde esconderse un momento, en un radio de 40 km, 
ni de día, con el Sol de justicia, ni de noche, con luna y estrellas. 
De ahí "los bombos" autóctonos, para guarecerse.

Esa sensación de "ser público" que tanto extraño 
desde que salí de mi Cuenca natal, 
la de mi infancia y primera adolescencia, 
en ese paisaje que a cada paso hay un recodo, 
un árbol enorme, unas piedras esculturales, 
un puente con sus ríos Júcar, o Huécar,
una fuente de agua medicinal o 
unas calles sacadas del medievo y, 
congeladas en el tiempo, para que no olvidemos 
de dónde venimos y lo poco que somos, pero que, 
sólo cogidos de la mano, te sientes uno con el todo 
y te embarga una sensación misteriosa de agradecimiento, 
de enajenación saludable y de paz.
En antes es un lugar al que no puedes volver.
Un lugar lleno de celdillas de cera de abeja
que contiene miel pero que al acercarles el calor del tiempo
se derriten y quedan transformadas en un charco sólido
y artístico que a veces al mirarlo te evocan cosas pasadas
que no comprendimos en su día y ahora ya ni te cuento.

© GatoFénix


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