lunes, 13 de noviembre de 2017

Los peldaños del reloj





Las cosas hay que tomarlas tal como vienen.
A veces, no son las cosas sino nosotros los que viajamos
y nos encontramos con ellas;
en otras cocasiones, las buscamos ciegos, o tristes, o eufóricos,
siempre enajenados, y luego,
nos detenemos ambos y en esa quietud...
nos volvemos hacia nosotros mismos y, ya llorados,
empezamos la tarea de recomponernos.

La vida es siempre una sucesión de momentos: peldaños ellos,
siempre peldaños de una escala en espiral, que no circular,
de diversos materiales que sustentan nuestros pies descalzos.
Cuando bajamos a los recuerdos se hacen de alabastro.
Y bajamos por ellos hasta el pequeño baúl de madera de pino
con su olor a resina y piñones envueltos de espliego.
Espliego y níscalos, según entra el invierno y el manto del otoño
se va con viento fresco en las primeras lluvias que todo nutren.
Sin previo aviso se convierten en traviesas de una vía muerta;
vías ajadas por el tiempo y la intemperie; madera seca y dura
para soportar grandes pesos contenidos en los viajes púberes
mientras crecemos, más que perdidos, buscando la supervivencia,
un lugar cubierto y algún abrigo emocional en un destino incierto.

Aparecen seguidamente, y en ocasiones como espejismos del desierto,
peldaños de agua tibia sólida cubiertos de pétalos en tiempos felices.
Peldaños livianos de metacrilato que parece que anduviéramos en el aire
y más que pisar, volaramos.
Parecen sin fundamento y son tan sólidos como transparentes,
y donde quisiéramos estar, aún sabiendo que no puede ser. 
Hasta que, "de súbito prono", se va el aroma y los pétalos
y "mascamos el polvo" porque todo queda sin límites precisos
como un espejismo.
El viento del tiempo se lleva las cosas a otro lugar
y a nosotros nos peina o nos despeina y nos hace llorar.

Peldaños unos y otros que son teclas del armonium del universo,
sonando Bach, y que a cada pisada nuestra crea arpegios interminables,
matemáticos y sagrados pero finitos para nosotros.

Apenas un suspiro en el devenir del mundo y su enorme
esfera de reloj Ana-lógico de una  intemporal estación de tren,
junto a la vía muerta de antes.
Peldaños cubiertos de guijarros en la ribera de un Júcar aventurine
y peldaños de cristales rotos para unos pies descalzos y viejos
en este Gólgota personal que aparece y el que hay que arostrar con entereza,
sabiendo que, al final, está la cruz que reconoceremos nuestra
porque sabemos que, solos, no podremos con ella.
Una escalera de caracol misteriosa como la vida en la que,
siempre al final, está la Cruz y Longinos (de ahí la marca)
donde nuestro reloj se para.

 © GatoFénix


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